Leer comentario de Alejandro Gamero

 

Actualizado el 14/julio/2010

* Más de Bertand Russell

La felicidad no debería constituir un fin por si misma; pero si se quiere llevar una vida feliz, habrá que atarla a una meta y no a personas o a cosas.

-Albert Einstein.

La conquista de la felicidad

Por Bertrand Russell

Prólogo

 

Este libro no se escribe para los cultos ni para quienes creen que no deben hablar sino de problemas prácticos.

 

En las páginas que siguen no se encontrará profunda filosofía ni concienzuda erudición. Mi propósito es hacer algunas observaciones que me parecen inspiradas por el sentido común. Todo el mérito que atribuyo a las recetas que ofrezco al lector consiste en que están confirmadas por mi propia observación y experiencia, y en que han aumentado mi propia felicidad, siempre que he procedido de acuerdo con ellas. Por tanto, me atrevo a esperar que algunos de los muchos hombres y mujeres que son desgraciados, sin quererlo, encuentren su situación diagnosticada y sugerido el método de escape.

 

He escrito este libro en la creencia de que mucha gente desgraciada puede ser feliz mediante un esfuerzo hábilmente dirigido.

 

Primera parte: Causas de la desgracia.

 

Capitulo 1

 

¿Por qué es desgraciada la gente?

 

Los animales son felices siempre que tienen salud y comida suficiente. Parece que a los seres humanos les debiera ocurrir lo propio; pero en el mundo moderno no es así, por lo menos en la mayor parte de los casos. Quien sea desgraciado estará dispuesto a admitir que no constituye un caso excepcional. Quien sea feliz pregúntese cuantos amigos suyos lo son. Y, después de pasar revista a sus amigos, estudie el arte de leer las expresiones de sus caras, tome nota de los humores de quienes encuentra en el curso de un día corriente.

 

En todas las caras que me encuentro, veo huellas de flaqueza y de dolor, dice Blake. Varía la calidad, pero la desgracia se nos presenta en todas partes. Trasladémonos a Nueva York, la más típicamente moderna de las grandes ciudades. Situémonos en una calle concurrida durante las horas de trabajo, o en una avenida principal cuando termina la semana, o en un baile al atardecer; despojémonos de nuestro propio yo y dejemos que personas extrañas tomen posesión de nosotros, una tras otra. Notaremos que cada una tiene su preocupación. En la muchedumbre, a las horas de trabajo, veremos ansiedad, concentración excesiva, dispepsia, falta de interés en lo que no sea lucha, incapacidad de divertirse, inconsciencia de las personas que le rodean. En una carretera de importancia veremos, un fin de semana, hombres y mujeres de buena posición, y algunos muy ricos, todos decididos a divertirse.

 

La marcha tiene que ser uniforme a la del coche más lento en esta procesión; es imposible ver la carretera llena de coches, ni el paisaje, pues el mirar a los lados puede ocasionar un accidente; todos los automovilistas están obsesionados por el deseo de pasar a los otros coches, cosa imposible a causa de su número; y si no tienen esta preocupación, lo cual suele ocurrir a los que no conducen, un aburrimiento enorme se apodera de ellos, reflejándose en las caras de fastidio. Alguna vez aparece un coche cargado de negros, que efectivamente se divierten, pero que producen indignación por su conducta excéntrica y que acaban en manos de la policía, por cualquier accidente: es ilegal divertirse en un día de fiesta.

 

O si no, observemos a la gente en una reunión. Todos van decididos a divertirse, con la misma decisión con la que uno se resigna a no desesperarse en la sala de espera de un dentista. Como se dice que la bebida y las caricias son las puertas de la alegría, la gente se embriaga inmediatamente y procura no darse cuenta de lo mucho que le molestan sus compañeros. Cuando han bebido más de la cuenta, los hombres comienzan a llorar y a lamentarse de lo indignos que son del cariño de sus madres. Todo lo que consiguen con el alcohol es librarse de la sensación del pecado, cosa que la razón consigue en los momentos más lúcidos.

 

Las razones de estas distintas clases de desgracia se hayan, en parte, en el sistema social y, en parte, en la psicología individual –que es, naturalmente, en una proporción considerable, un producto del sistema social-. Antes de ahora, he escrito acerca de las transformaciones que son necesarias en el sistema social para promover la felicidad. No es mi propósito hablar en este libro de la abolición de la guerra, de la explotación económica, de la educación en el miedo y en la crueldad. Es una necesidad vital de nuestra civilización el descubrir un sistema que evite las guerras; pero no hay posibilidad de tal sistema mientras los hombres sean tan desgraciados que el exterminio mutuo les parezca menos horrendo que el soportar constantemente la luz del día. Es necesario impedir la perpetuación de la pobreza y hacer que los beneficios de la producción maquinizada vayan en gran parte a quienes más lo necesitan; pero, ¿de qué sirve que todos sean ricos, si hasta los ricos son desgraciados? La educación en la crueldad y en el miedo es mala, pero es la única que puede darse por quienes son esclavos de esas pasiones. Y esto nos lleva al problema individual. ¿Qué pueden hacer ahora un hombre y una mujer en medio de nuestra sociedad nostálgica para conseguir la felicidad? Al discutir el problema me fijaré tan sólo en las personas que no están sujetas a una extrema miseria. Supondré que tienen los ingresos suficientes para procurarse casa y comida y la salud necesaria para dedicarse a todas las actividades corporales corrientes. No tendré en cuenta las grandes catástrofes, como la pérdida de un hijo, o las calamidades públicas. Hay mucho y muy importante que decir acerca de esto, pero pertenece a un orden de cosas distinto al que ahora me interesa. Mi propósito es sugerir una cura para la infelicidad corriente, de la que actualmente sufre la mayoría de la gente en los países civilizados, y que es tanto más insufrible cuanto que, por no obedecer a causa externa manifiesta, se presenta como inevitable. Yo creo que esta infelicidad es debida en gran parte a ideas erróneas, a una ética y a unos hábitos de vida equivocados, que conducen a la destrucción del impulso y del deseo natural de las cosas posibles, de las que depende en definitiva toda felicidad de hombres y animales. Son cuestiones que están dentro de las posibilidades individuales, y yo me propongo sugerir los cambios mediante los cuales puede conseguirse la felicidad, supuesta una posición económica corriente.

 

Tal vez sean la mejor introducción a la filosofía que preconizo unas breves palabras autobiográficas. Yo no nací dichoso. De niño, mi himno favorito era: Cansado del mundo y con el peso de mis pecados. A los cinco años yo pensaba que si habría de vivir setenta no había pasado aún más que la catorceava parte de mi vida, y me parecía casi insoportable la enorme cantidad de aburrimiento que me aguardaba. En la adolescencia, la vida me era odiosa, y estaba continuamente al borde del suicidio, del cual me libré gracias al deseo de saber más matemáticas. Hoy, por el contrario, gusto de la vida, y casi estoy por decir que cada año que pasa la encuentro más gustosa. Esto debido en parte a haber descubierto cuáles eran las cosas que deseaba más y haber adquirido gradualmente muchas de ellas. En parte es debido también a haberme desprendido, felizmente, de ciertos deseos (la adquisición de conocimiento indudable acerca de algo) como esencialmente inasequibles. Pero en la mayor parte se debe a que cada día es menor la preocupación acerca de mi mismo. Como otros que recibieron educación puritana, yo tenía la costumbre de meditar acerca de mis pecados, mis extravagancias y mis defectos. Yo me creía -seguramente con justicia- un ejemplar miserable. Gradualmente me acostumbre a ser indiferente para conmigo mismo y para mis faltas, y llegue a concentrar cada vez más mi atención en objetos externos: la situación del mundo, las diversas ramas del conocimiento, las personas que me eran agradables. Es verdad que las preocupaciones exteriores traen su posibilidad de dolor; el mundo puede hundirse en una guerra, ciertas clases de conocimientos pueden ser difíciles de alcanzar, los amigos se pueden morir.

 

Pero esta clase de dolores no destruye la calidad esencial de vida como los que se producen del disgusto consigo mismo. Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés permanece activo, nos previene por completo contra el tedio. El interés por uno mismo, al contrario, no conduce a ninguna actividad progresiva. Puede llevarnos a escribir un diario, a caer en el psicoanálisis, o tal vez meterse de frailes. Pero el fraile no será feliz hasta que la rutina del monasterio le haya hecho olvidar su propia alma. La felicidad que él atribuye a la religión, la pudo haber obtenido haciéndose barrendero, siempre que se obligara a serlo durante toda su vida. La disciplina externa es el único camino que puede seguir hacia a la felicidad esos infortunados, cuya absorción en sí mismos es demasiado profunda para que pueda curarse de otro modo. La introspección puede ser de varias clases. Podemos señalar al pecador, al narcisista y al megalómano como tres tipos muy corrientes.

 

Al hablar del pecador no quiero fijarme en el comete pecados, pecados los comete todo el mundo o no los comete nadie, según nuestra definición de la palabra. Quiero que se entienda como pecador el hombre que está absorto de la conciencia del pecado. Este hombre está perpetua contradicción consigo mismo, contradicción que, si es religioso, la interpreta como desaprobación divina. Tiene ante sí la imagen de lo que debiera ser, y esta imagen está en constante desacuerdo con el conocimiento real de sí mismo. Si en su pensamiento consiente ha rechazado las máximas que le enseñó su madre en la niñez, su sentido del pecado puede estar muy oculto en su inconsciente y salir a la superficie cuando está dormido o embriagado. Sin embargo, ello puede ser suficiente para quitarle el sabor de todo. En el fondo todavía acepta las prohibiciones que le enseñaron en su infancia. La blasfemia es mala, el beber es malo, la astucia en los asuntos corrientes es mala, y sobre todas las cosas, el sexo es nefasto. No se abstiene, naturalmente, de esos placeres, pero todos están amargados por la sensación de que le degradan. El único placer que desea con todo su corazón es el que su madre lo acaricie, aprobando su conducta, lo que es un recuerdo de sus experiencias infantiles. Como este placer ya no le es asequible, cree que nada tiene importancia, y puesto que tiene que pecar, decide pecar intensamente. Cuando se enamora aspira a la ternura maternal, pero no puede aceptarla, porque, a causa de la imagen de su madre, no siente respeto por ninguna mujer con la que tiene relaciones sexuales. Entonces, desilusionado, se hace cruel, se arrepiente de su crueldad y comienza de nuevo su triste giro de pecado imaginario y remordimiento real. Tal es la psicología de muchos pecadores empedernidos. Lo que los descarría es la devoción a un objeto inasequible (la madre o un sustituto maternal), al mismo tiempo que la inculcación, en los primeros años infantiles, de un código ético ridículo. La liberación de la tiranía de las creencias y afectos primeros es el primer paso hacia la felicidad de esas víctimas de la virtud materna.

 

El narcisismo es, en cierto sentido, lo opuesto al habitual sentido del pecado, consiste en hábito de admirarse y desear ser admirado. Hasta cierto punto, esto es, desde luego, normal, y no hay que censurarlo; solamente cuando es excesivo se convierte en un daño grave. En muchas mujeres, especialmente entre las ricas, la capacidad de enamorarse está completamente agotada y se sustituye por un deseo vehemente de que todos los hombres se enamoren de ellas. Cuando una mujer de ese tipo está segura de que un hombre la ama, ya no tiene interés para ella. Lo mismo ocurre, aunque con menos frecuencia, entre los hombre; el ejemplo clásico es el protagonista de Liaisons Dangereuses. Cuando se lleva la vanidad hasta ese punto, no hay verdadero interés por ninguna otra persona y, por lo tanto, no puede obtenerse del amor satisfacción alguna. Otro de interés fracasa más ruidosamente todavía. Un narcisista, por ejemplo, seducido por el homenaje rendido a los grandes pintores, puede estudiar arte; pero como la pintura no es para él otra cosa que el medio para conseguir un fin, la técnica no llega a interesarle nunca, y no puede ver ningún tema sino en relación consigo mismo. La consecuencia es el fracaso y desencanto, con el ridículo en vez de la esperada adulación. Lo mismo puede decirse de las novelistas que se idealizan siempre en sus novelas como heroínas de las mismas. Todo el éxito serio en un trabajo depende de un interés genuino por el material con el que el trabajo está relacionado. La tragedia de un político, sustituido con éxito por otro, reside en la gradual sustitución del narcisismo por un interés con la colectividad y en los proyectos que preconiza. El hombre que solo se interesa en sí mismo no es admirable, y en eso todo el mundo está de acuerdo. En consecuencia, el hombre a quien solo le preocupa el mundo lo admire, no es probable que consiga su propósito. Pero aunque lo consiguiera, no sería completamente feliz, porque el instinto humano no está nunca completamente centrado sobre sí mismo, y el narcisista se limita artificialmente, lo mismo que el hombre dominado por el sentido del pecado. El hombre primitivo pudo enorgullecerse de ser buen cazador, pero al mismo tiempo le atraía la actividad de la caza. La vanidad, cuando traspone ciertos límites, mata el placer de toda actividad espontánea y conduce fatalmente a la indiferencia y al aburrimiento. Muchas veces su fuerza es la timidez, y se cura con el aumento de la propia estimación. Pero esto solamente puede conseguirse por una actividad afortunada, sugerida por intereses objetivos.

 

El megalómano difiere del narcisista en que prefiere ser poderoso a ser simpático, y procura ser temido más que ser amado. A este tipo pertenecen muchos lunáticos y muchos grandes hombres de la historia. El ansia de poder, como la vanidad, es un elemento importante en la naturaleza humana, y como tal debe aceptársele; se hace deplorable sólo cuando es excesivo o cuando se asocia con un sentido insuficiente de la realidad. Cuando esto ocurre, da lugar al hombre desgraciado, o loco ambas cosas a la vez. El lunático que se cree rey puede, en cierto sentido, ser feliz, pero ninguna persona normal envidiaría su felicidad. Alejandro, el Magno, pertenecía psicológicamente a este tipo, aunque poseía el talento necesario para realizar el sueño de un lunático. No pudo, sin embargo, realizar su propio sueño, que aumentaba de extensión a medida que lo iba realizando. Cuando fue evidente que era el mayor conquistador que conoció la fama, decidió por sí mismo que era un dios. ¿Fue en hombre feliz? Su embriaguez, su cólera furiosa, su indiferencia por las mujeres y su aspiración a la divinidad nos hacen sospechar que no. No hay una satisfacción definitiva en el desarrollo de un elemento de la naturaleza humana a expensas de todos los demás ni en considerar el mundo como materia prima para la magnificencia del propio yo. Generalmente, el megalómano es el producto de alguna humillación excesiva. Napoleón, en la academia, sufría sintiéndose inferior a sus compañeros, ricos aristócratas, porque él era un alumno pobre. Cuando permitió la vuelta de los emigrados, tuvo la satisfacción de ver a sus antiguos compañeros de la academia inclinándose ante él. ¡Qué felicidad! Más tarde quiso obtener una satisfacción semejante a expensas del zar, y ello lo encaminó a Santa Elena. Como ningún hombre puede ser omnipotente, una vida completamente dominada por el ansia de poder tiene que encontrar necesariamente, más pronto o más tarde, obstáculos invencibles. Solamente alguna forma de locura puede impedir que esta realidad penetre en la conciencia, aunque un hombre poderoso puede aprisionar o matar a quien le diga esto. Las represiones en el sentido político o psicoanalítico se dan de la mano. Y donde quiera que aparece una manifestación de represión psíquica no puede existir una felicidad genuina. El poder que se mantiene dentro de sus propios límites puede ayudar mucho a la felicidad, pero como un fin único de la vida conduce al desastre por dentro y por fuera.

 

Es evidente que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y muy variadas. Pero todas tienen algo en común. El hombre típicamente desgraciado es el que, habiendo sido privado en la juventud de alguna satisfacción normal, ha llegado a evaluar unas satisfacciones más que otras, y, por lo tanto, ha dado a su vida una dirección única, además de un énfasis exagerado del éxito sobre las actividades opuestas a él. Hay, sin embargo, un desenvolvimiento ulterior que es muy frecuente en nuestros días. Un hombre pude sentirse tan contrariado que no busque otras satisfacciones que la distracción y el olvido. Entonces se convierte en un devoto del placer; es decir, procura hacer llevadera la vida sintiéndose menos vivo. La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que produce es puramente negativa, es una cesación momentánea de la infelicidad. El narcisista y el megalómano creen que la felicidad es posible, aunque adopten procedimientos equivocados para conseguirla; pero el hombre que se embriaga de un modo u otro, no tiene más esperanza que el olvido. En su caso, de lo primero que hay que persuadirlo es que la felicidad es deseable. Los hombres desgraciados, como los hombres que duermen mal, se muestran siempre orgullosos de ello. Tal vez su orgullo sea como el de la zorra que perdió su cola, y en este caso el remedio esta en indicarles cómo les puede crecer una cola nueva. Yo creo que muy pocos hombres elegirían ser desgraciados si ven una posibilidad de ser felices. No niego que exista esa clase de hombres, pero no son lo suficientemente numerosos como para darles importancia. Por lo tanto, yo supondré que el lector quiere ser feliz que desgraciado. No sé si yo podré ayudarlo a conseguirlo; pero, al fin de cuentas, el intento no le va a producir daño alguno.

 

Capítulo 2

La Desgracia Byroniana

 

Es corriente en nuestro tiempo, como lo ha sido en muchos otros períodos de la historia del mundo, suponer que las personas más cultivadas han llegado a la conclusión de que nada tiene importancia en esta vida. Quienes creen tal son positivamente desgraciados, pero está orgullosos de su desgracia, que atribuyen a la naturaleza del universo, y consideran que su actitud es la única razonable para el hombre culto. El orgullo de infortunio hace que la gente menos complicada sospeche de su sinceridad y crea que quienes se gozan en su desgracia no son desgraciados. Esta impresión es demasiado ingenua; no cabe duda que existe una ligera compensación en el sentido de superioridad y penetración de estos sufridores, pero no es suficiente para compensar la pérdida de placeres más sencillos. Yo, por mi parte, no creo que exista superioridad mental alguna en el hecho de ser desgraciado. El hombre prudente puede ser feliz como las circunstancias lo permitan, y si encuentra en cierto modo desagradable la contemplación del mundo, se dedicará a contemplar otras cosas. Esto es lo quiero demostrar en este capítulo. Quiero convencer al lector de que por muchos razonamientos que se aduzcan, la razón no se opone a la felicidad, y aún más, estoy persuadido de que quienes atribuyen sinceramente su desgracia a sus ideas acerca del universo, poner el coche delante del caballo; la verdad es que son desgraciados por alguna razón de la ellos mismos no se dan cuenta, y su desgracia los conduce a fijarse en las características más desagradables del mundo en que viven.

 

Para los americanos modernos, el punto de vista que me interesa fue expuesto por el señor Joseph Wood Krutch, en un libro titulado The Modern Temper. La generación de nuestros abuelos encontró expresiones similares en lord Byron, y lo mismo puede leerse en el Eclesiastés. Mr. Krutch dice: la nuestra es una causa perdida y no hay lugar para nosotros en el universo natural; sin embargo, no nos debe pesar el ser humanos. Sería preferible que muriéramos como hombres en vez de vivir como animales.

 

Byron dice: el mundo no puede darnos una alegría equivalente a la que quita cuando se extingue el fulgor del pensamiento en el ocaso triste de la emoción.

 

Y el autor del Eclesiastés: Y, por tanto, yo ensalcé a los muertos y a los vivos, los que no han nacido, los que no han visto la maldad que reina bajo el Sol.

 

Estos tres pesimistas llegan a muy tristes conclusiones después de pasar revista a los placeres de la vida. Mister Krutch vivió en los círculos más intelectuales de Nueva York; Byron cruzo el Helesponto y tuvo innumerables aventuras amorosas; el autor del Eclesiastés ensayo los placeres más variados: se dio al vino, oyó música “de todas clases”, construyó estanques, tuvo criados y criadas, “y criados nacidos en su propia casa”. A pesar de estas circunstancias la sabiduría no lo abandonó. Sin embargo, vio que todo era vanidad, hasta la sabiduría:

 

Y me entregué de todo corazón a la sabiduría, y a la extravagancia, y a la locura. Y comprendí que esto era también vejación del espíritu.

 

Porque en mucha sabiduría hay mucho dolor, y quien aumenta la sabiduría aumenta la tristeza.

 

Parece que su sabiduría le fastidia, y hace esfuerzos inútiles para liberarse de ella:

 

Y dije en mi corazón: “Vamos, ahora te voy a probar con alegría y el goce de los placeres; y he aquí que también esto es vanidad”.

 

Pero la sabiduría no lo abandonó:

 

Entonces dije en mi corazón: “Lo que le ocurrió al necio me ha ocurrido a mí también”. ¿Por qué era, pues, yo más sabio? Entonces dije en mi corazón que también esto es vanidad.

 

Por lo tanto odie a la vida; porque el trabajo que se hace bajo el Sol es doloroso para mí; porque todo es vanidad y vejación del espíritu.

 

Afortunadamente para los literatos, la gente no lee los libros escritos hace mucho tiempo, porque si lo hicieran llegaría a la conclusión de que el hacer nuevos libros es ciertamente vanidad. Si podemos demostrar que la doctrina del Eclesiastés no es la única accesible para el hombre docto, no necesitamos prodigar las ultimas expresiones del mismo humor. En esta clase de argumentos debemos distinguir entre el humor y su expresión intelectual. No hay que argumentar con el humor, que puede modificarse por cualquier suceso afortunado o por un cambio de salud, pero que no puede modificarse por razonamientos. Mi experiencia ha reaccionado contra eso de que todo es vanidad, no por deducciones filosóficas, sino por la necesidad imperativa de la acción. Si nuestro hijo está enfermo, es posible que seamos desgraciados, pero no pensaremos que todo es vanidad, pensaremos que la salud de nuestro hijo es un problema que hay que afrontar prescindiendo de la finalidad de la vida humana. Un hombre rico puede pensar, y en efecto piensa muchas veces, que todo es vanidad; pero si perdiera su fortuna no pensaría que lo que iba a comer era pura vanidad. Esto ocurre por la satisfacción demasiado fácil de las necesidades naturales. El animal humano, como otros animales, está adaptado a una determinada lucha por la vida, y cuando con grandes riquezas el homo sapiens puede satisfacer todos sus caprichos sin esfuerzo, la nueva ausencia de esfuerzo hace que en su vida se remueva un ingrediente esencial de la felicidad. El hombre que adquiere fácilmente cosas por las que siente no más que un deseo moderado, deduce que el logro del deseo no proporciona felicidad. Si tiene aficiones filosóficas deduce que la vida humana es esencialmente miserable, puesto que el hombre que consigue todo lo que quiere sigue siendo desgraciado. Olvida que la falta de algunas de las cosas que desea es un elemento indispensable de felicidad.

 

Citemos, algunos argumentos intelectuales del Eclesiastés:

 

Los ricos corren hacia el mar y el mar no se llena.

 

No hay nada nuevo bajo el Sol.

 

No existe el recuerdo de las cosas pasadas.

 

Odié todo el trabajo que había hecho bajo el Sol, porque tenía que dejarlo a los hombres que me sucedieran.

 

Si quisiéramos dar a estos pensamientos el estilo de la filosofía moderna, resultaría algo parecido a esto: “El hombre está en un perpetuo afán y la materia en perpetuo movimiento, pero nada pertenece, aunque lo nuevo que llega no es distinto de lo que se fue. El hombre muere, y sus herederos recogen el fruto de su trabajo; los ríos van al mar, pero sus aguas no pueden quedarse en él. En un ciclo sin fin y sin sentido, hombres y cosas mueren una y otra vez sin perfeccionarse, sin conseguir nada permanente, día tras día, año tras año. Los ríos, si fueran discretos, debería quedarse donde están. Salomón, si fuera sabio, no debería plantar árboles para que su hijo recoja el fruto”.

 

Pero cambiemos la perspectiva. ¿Nada nuevo bajo el Sol? ¿Qué decir entonces los rascacielos, de los aeroplanos o de los discursos políticos que se pasan por la radio? ¿Qué sabia Salomón de estas cosas? Si hubiera podido oír por radio el discurso de la reina de Saba a sus súbditos al volver a sus dominios, ¿no se hubiera consolado entre sus fútiles árboles y estanques? Si hubiera podido tener una agencia de prensa cuyos periódicos le hablasen de la belleza arquitectónica de sus palacios, de las comodidades de su harem, del desconcierto de otros sabios al discutir con él, ¿Pudiera haber dicho que no hay nada nuevo bajo el Sol? Tal vez estas cosas no lo hubieran curado de su pesimismo, pero si hubiera expresado de manera distinta. Precisamente una de las lamentaciones de míster Krutch con respeto a nuestra época es que hay demasiadas cosas bajo el Sol. Si la ausencia o la presencia de las novedades es igualmente fastidiosa, no sé dónde puede encontrarse la verdadera causa de la desesperación. Interpretemos la frase “todos los ríos van al mar y el mar no se llena”, en el sentido de que los ríos tienen que volver al sitio de donde vinieron. Con un criterio pesimista, esto quiere decir que el viaje es desagradable. Sin embargo, la gente va a la playa de verano y vuelve al sitio de donde vino. Ello no significa que sea fútil ir sitios agradables en verano. Si las aguas tuvieran conciencia de sí mismas, probablemente gozarían de este ciclo aventurero, a la manera del poema de Shelley, La Nube. En cuanto al dolor cuanto al dolor de dejar sus bienes a los herederos, es una cuestión que puede afrontarse desde dos puntos de vista: desde el punto de vista del heredero, no cabe duda que es el menos catastrófico. Tampoco es cierto que el hecho de que las cosas mueran sea un motivo de pesimismo. Si las cosas que siguen fueran peores, esta actitud seria razonable, pero si lo que viene después es mejor, debemos ser optimistas. ¿Qué pensaríamos si el porvenir fuera igual al pasado, como sostiene Salomón? ¿No sería entonces el proceso estéril? Enfáticamente no, a menos que las distintas fases del ciclo sean por sí mismas dolorosas. El habito de mirar al futuro y de creer que la vida no tiene otro sentido que el de producir el porvenir es pernicioso. No puede tener valor el todo si no lo tiene cada una de las partes. La vida no debe concebirse como un melodrama en el cual el héroe y la heroína atraviesan dificultades increíbles hasta llegar a un final dichoso. Yo vivo y gozo de mis días; mi hijo me sucede y goza de los suyos, y a él le sucede a su vez su hijo. ¿Por qué hacer esto una tragedia? Por el contrario, si yo viviera eternamente, los goces de la vida acabarían por perder fatalmente su sabor. Siendo como es, la vida conserva perennemente su frescura.

 

Me calenté ambas manos en el fuego de la vida; esto se hunde, y estoy dispuesto para el viaje.

 

Esta actitud es tan completamente razonable como la indignación ante la muerte. Si, por lo demás, el humor fuera algo razonable, habría las mismas razones para la alegría que pasa la desesperación.

 

El Eclesiastés es trágico; el libro de mister Krutch es patético. El señor Krutch es triste, en definitiva, porque las viejas creencias medievales se han derrumbado, así como algunas de más reciente origen. En cuanto a esta época desgraciada –dice-, obsesionada por fantasmas de un mundo muerto, y no afianzada aún en sí misma, su condición es la del adolescente que no se ha acostumbrado a orientarse aún si apoyarse en la mitología, en la que transcurrió su niñez. Esta afirmación es completamente exacta respecto a un cierto tipo de intelectuales, de los que habiendo recibido una educación literaria, no pueden conocer nada del mundo moderno, y que, habiéndose acostumbrado durante su juventud a apoyar sus ideas en la emoción, no pueden desprenderse del infantil deseo de seguridad y protección que no puede ofrecerles el mundo de la ciencia. Míster Krutch, como muchos otros literatos, esta, obsesionado con la idea de que la ciencia no ha cumplido sus promesas. No nos dice, naturalmente, cuáles eran las promesas, pero parece creer que hace sesenta años, hombres como Darwin y Huxley esperaban de la ciencia algo que la ciencia no les ha dado. Yo creo que esto es una completa ilusión alimentada por algunos escritores y clérigos que no se resignan a que sus profesiones carezcan de importancia. Es cierto que en el mundo actual hay muchos pesimistas. Siempre ha habido muchos pesimistas en los momentos de crisis económicas. Es cierto que míster Krutch es americano, y que los ingresos, de una manera general, han aumentado en los Estados Unidos a partir de la guerra; pero en los continentes europeos de las clases intelectuales han sufrido enormemente, además de la sensación de inestabilidad que dio a todos la guerra. Estas razones sociales tienen mucha más relación con el humor de la época que son sus ideas a cerca de la naturaleza del mundo. Pocas épocas ha habido más desesperadas que el siglo XIII, aunque la fe que tanto echa de menos míster Krutch la profesaba casi todo el mundo, exceptuando el emperador y unos pocos nobles italianos. Leamos a Roger Bacon: Porque el pecado triunfa en esta época más que en toda época pasada, y el pecado es incompatible con la sabiduría. Veamos el estado del mundo y analicemos por doquier su condición; veremos una corrupción sin límites, y más que en ninguna parte de la cabeza… La lujuria deshonra a la corte y la glotonería lo enseñorea todo… Y si esto ocurre en la cabeza, ¿Qué ocurrirá en los miembros? Veamos los Prelados, cómo se preocupan de la riqueza y desdeñan el cuidado de las almas… Fijémonos en las órdenes religiosas; no exceptúo a ninguna de lo que digo. Veamos cuánto han decaído unas y otras de su primitivo estado y las nuevas órdenes (de frailes) que tan horriblemente se han rebajado de su antigua dignidad. Toda la clerecía está entregada al orgullo, a la avaricia y a la lujuria, y dondequiera que se reúnen los clérigos, tanto en París como en Oxford, escandalizan a toda la sociedad con su guerras, sus vicios y sus riñas… Ninguno se preocupa de lo que hace, ni de hacerlo por las buenas o por las malas, con tal de satisfacer su pasión. Hablando de los antiguos paganos, dice: Sus vidas eran incomparablemente mejores que las nuestras en cuanto al decoro y en cuanto al desprecio del mundo con todas sus delicias, riquezas y honores, como puede verse en la obras de Aristóteles, Séneca, Tulio, Avicena, Alfarabio, Platón, Sócrates y otros, y así pudieron llegar al dominio de los secretos de la sabiduría y del conocimiento. La opinión de Roger Bacon era de todos los literatos coetáneos, no la de quien estaba apasionado por la edad en que vivía. Yo no creo de ningún modo que este pesimismo tuviera una causa metafísica, sus causas fueron la guerra, la pobreza y la violencia.

Uno de los capítulos más patéticos de míster Krutch es el que se refiere al amor. En él dice que en la época victoriana se le tuvo en muy alta estimación, pero que nosotros, con nuestra complejidad moderna, hemos llegado a menospreciarlo. Para el victoriano más escéptico, el amor realizaba algo de las funciones del dios que habían perdido. Al enfrentarse con él, muchos de los hombres más duros se hacían por el momento místicos. Se encontraban en presencia de algo que despertaba en ellos el sentido de reverencia que no exigía más, y algo de lo que creían desde lo más profundo de su ser, que era debida a una lealtad a toda prueba. Para ellos el amor, como Dios, reclamaba toda clase de sacrificios, pero como Él, asimismo, premiaba al creyente, revistiendo todos los fenómenos de la vida de un sentido que no ha sido analizado aún. Nosotros nos hemos acostumbrado más que ellos a un universo divino, pero no nos hemos acostumbrado todavía a un universo sin amor, y únicamente en este caso podemos comprender lo que significa realmente el ateísmo. Es curioso cuán distinta le parece la época victoriana a un joven de nuestro tiempo, de lo que les parecía a los que vivieron en ella. Yo me acuerdo de dos señoras viejas, ambas muy representativas de ciertos aspectos de este periodo, a quienes yo conocí en mi juventud. Una era puritana y la otra volteriana. La primera se lamentaba de la enorme cantidad de poesía inspirada en el amor, que, según ella, era un asunto desprovisto de interés. La segunda decía: Nadie puede decir nada contra mí, pero yo digo que no es tan malo faltar al séptimo mandamiento como al sexto, porque éste requiere siempre del consentimiento de otra persona. Ninguna de estas opiniones corresponde a lo que míster Krutch presenta como típicamente victoriano. Sus ideas proceden, evidentemente, de algunos escritos que no respondían al ambiente de la época. A mi modo de ver, el mejor ejemplo es Robert Browning. No puedo, sin embargo, resistirme a la idea de que hay algo insignificante en su concepción de amor:

 

¡Gracias a Dios, la más humilde de sus criaturas se jacta de tener dos almas distintas; la una para afrontar el mundo; la otra para mostrársela a la mujer que ama!

 

De aquí se deduce que la lucha es la única actitud posible ante el mundo en conjunto. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel, dirá Browning. Porque no acepta tu valoración, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como en el caso de los Browning, una mutua sociedad admirativa. Es muy agradable tener a la mano alguien que con toda seguridad alabe nuestro trabajo, tenga o no tenga valor. Y Browning creyó indudablemente de ser un excelente compañero, muy hombre, al acusar a Fitzgerald, en términos desmesurados, de no haberse atrevido a admirar a Aurora Leigh. Yo no puedo creer que ésta completa suspensión de facultad crítica en ambas partes sea realmente admirable. Hay en ello una mezcla de miedo y deseo de encontrar un refugio contra los fríos ataques de una crítica imparcial. Muchos solterones se acostumbran a recibir la misma satisfacción en su propio hogar. Yo he vivido mucho tiempo en la época victoriana para estar de acuerdo con las ideas modernas de míster Krutch. No he perdido en modo alguno mi fe en el amor, pero el amor en el que yo puedo creer no es el amor que los victorianos admiraban; es un amor audaz y vigilante, que, aunque conoce el bien, no pretende olvidar el mal, ni santificar, ni divinizar a nadie. La atribución de esas cualidades al amor que admiraban fue una consecuencia del tabú sexual. El victoriano estaba convencido de que el sexo era generalmente un mal, y necesitaba exagerar las virtudes del sexo que merecía era aprobación. Había más cazadores de mujeres que hoy, y por ello se exageraba la importancia del sexo, lo mismo que fue exagerada por los ascéticos. Vivimos actualmente en un periodo de confusión en el que mucha gente ha renunciado a las antiguas normas sin sustituirlas por otras nuevas. Como, inconscientemente casi siempre, creen en las antiguas normas, sufren perturbaciones de desesperación, de remordimiento o de cinismo. Yo no creo que sea grande el número de personas afectadas por estas inquietudes, pero sí que son las más sobresalientes de nuestra época. Yo creo que, comparando la época victoriana con la nuestra, el término medio de las gentes de hoy es mucho más feliz en el amor y tiene una estimación mucho más exacta de la valía del amor que hace sesenta años. Algunas personas se sienten inclinadas al cinismo, por la tiranía que los antiguos ideales ejercen sobre lo inconsciente, y por la ausencia de una ética racional que regula la conducta de la gente de hoy. El remedio no consiste en lamentarse y añorar el pasado, sino en aceptar más plenamente las ideas modernas y en dedicarse a desarraigar del oscuro lugar que ocupan, ideas ya virtualmente descartadas.

 

No es fácil decir brevemente porqué valoramos el amor; sin embargo trataré de hacerlo. Evaluamos el amor, en primer término (y esto, aunque no dé gran valía, es esencial para los demás), por ser en sí mismo una fuente de placer.

 

¡Oh amor!, ¡Cómo te calumnian!

Dicen que es amarga tu dulzura,

Cuando tus frutos deliciosos

Son los más dulces que existen.

 

El autor anónimo de estos versos no buscaba una solución al ateísmo o la explicación del universo; no pretendía más que divertirse. Y no sólo es el amor una fuente de placer, sino que su ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, hay que valorar el amor por que acrecienta los mejores placeres, como la música, la salida del sol en las montañas y la luz de la luna sobre el mar. Quien no ha gozado nunca de las cosas bellas en compañía de la persona amada, no sabe hasta dónde llega su Mágico poder. Además, el amor rompe la concha dura del ego, puesto que es una forma de cooperación biológica en la que las emociones de uno son necesarias para el logro de los instintivos propósitos de otro. En diversas épocas ha habido en el mundo filósofos solitarios, algunos muy nobles y otros menos respetables. Los estoicos y lo cristianos primitivos creían que un hombre podía realizar el mayor bien de que es capaz la vida humana mediante su voluntad, o por lo menos sin ayuda humana; otros han considerado el poder, y otros el placer meramente personal como finalidades de la vida. Todo ellos son filósofos solitarios, en el sentido que suponen que el bien es realizable individualmente y no en la compañía, pequeñas o grande, de otras personas. Yo creo que estas ideas son equivocadas, no sólo desde el punto de vista teórico, sino como expresiones de la mejor parte de nuestro instinto. El hombre necesita de la cooperación, y ha sido provisto por la naturaleza, no muy educadamente, es cierto, de un aparato instintivo del cual pude surgir la amistad necesaria para la cooperación. El amor es la más usual y la más importante forma emotiva que nos conduce a la cooperación, y los que han sentido el amor con alguna intensidad no pueden estar de acuerdo con una filosofía que supone que el mayor de los bienes es independientemente de la persona amada. En este aspecto, el cariño paternal es más fuerte todavía, pero el cariño paternal es perfecto cuando es una consecuencia del amor entre los padres. Yo no sostengo que el amor, en su más alta expresión, sea corriente; pero sí afirmo que en su más alta expresión revela valores que de otro modo permanecerían ocultos, y tiene en sí mismo un valor intangible; aunque los escépticos, que son incapaces de él, atribuyan falsamente su incapacidad a su escepticismo.

 

El amor es una llama duradera,

Que arde siempre en nuestra mente;

Nunca enferma, nunca se enfría, nunca muere,

Nunca se escapa de sí misma.

 

Veamos ahora lo que mister Krutch dice de la tragedia. Sostiene, y yo estoy de acuerdo con él, que los Fantasmas de Ibsen es una obra inferior a la del Rey Lear: Con mayor vigor de expresión y con palabra más espléndida, Ibsen no se hubiese convertido en Shakespeare. Los materiales con que éste forjo sus obras –su concepción de la dignidad humana, su sentido de la importancia de las pasiones, su visión de la amplitud de la vida humana- sencillamente no existían y no podían existir para Ibsen, como no existían y no podían existir para sus contemporáneos. Dios, el hombre y la naturaleza han degenerado un tanto en el transcurso de los siglos, y no por que el credo del arte moderno nos inclina hacia las gentes sin importancia, sino porque la pequeñez de la vida humana fue algo que se nos impuso, en virtud del mismo proceso que facilitó el desarrollo de teorías artísticas realistas que pudieran justificar nuestra visión. Es indudablemente el mismo caso de la tragedia antigua, que se ocupa de los príncipes y de las penalidades. Esta tragedia no nos interesa hoy, y cuando nos esforzamos en aplicar las antiguas normas para un individuo sin relieve, el efecto no puede ser el mismo. La razón de ella no es que haya empeorado nuestra comprensión de la vida, sino todo lo contrario. El hecho es que no podemos seguir considerando a determinados individuos como los mejores del mundo, con derecho a las pasiones trágicas, mientras el resto de los mortales se afana trabajando por la magnificencia de unos pocos. Shakespeare dice:

 

Cuando mueren los mendigos no aparecen los cometas… Los cielos se inflaman a la muerte de los príncipes.

 

En la época de Shakespeare, este modo de pensar, aunque no de una manera literal, era compartido casi universalmente y aceptado con toda convicción por el propio Shakespeare. Y así, la muerte del poeta Cinna es cómica, mientras que las muertes de Bruto, Cesar y Casio son trágicas. La significación cósmica de la muerte individual a desaparecido para nosotros porque somos democráticos, no sólo en apariencia exterior, sino en nuestras más íntimas convicciones. La alta tragedia en nuestros días tiene que tener como protagonista a la sociedad más bien que al individuo. Quisiera poner como ejemplo de lo que digo la obra de Ernst Toller, Massenmench. No diré que esta obra sea tan buena como la mejor de la mejor época pasada, pero sí que es comparable a ellas; es más noble, profunda y actual, de acción heroica y “purifica al lector por medio del terror y la piedad”, como quería Aristóteles. Hay todavía muy pocos modelos de esta tragedia moderna, puesto que las antiguas tradiciones y la antigua técnica han tenido que ser abandonadas sin sustitución posible. Para escribir una tragedia hay que sentir la tragedia; para sentir la tragedia hay que conocer el mundo en que se vive, con su mentalidad, con su sangre y sus nervios. Cuando míster Krutch, en algunos pasajes de su libro, habla de la desesperación, nos conmueve con su aceptación heroica de un mundo sin calor; pero la frialdad es debida a que él y muchos literatos no han sabido sentir las antiguas emociones en respuesta a los nuevos estímulos. Los estímulos existen, pero no en los corrillos literarios. Los corrillos literarios no tienen contacto con la vida de la comunidad, y este contacto es preciso si los sentimientos humanos han de tener la seriedad y penetración que exigen tanto la felicidad como la tragedia. A todos los hombres de talento que andan diciendo que no tienen nada que hacer en el mundo, yo les diría: En vez de esforzarte en escribir, procura no escribir. Recorre el mundo, hazte pirata, rey de Borneo o trabajador en la Rusia Soviética; lleva una vida en la cual ocupe la mayor parte de tus energías la satisfacción de las necesidades físicas elementales. No recomiendo esta clase de acción a todo el mundo, sino solamente a quienes sufren de la enfermedad que diagnostica míster Krutch. Y creo que después de algunos años de esta nueva vida, el ex intelectual descubrirá que, a pesar de sus esfuerzos, no puede seguir sin escribir, y cuando ese momento llegue, ya no le parecerá fútil lo que escribía.

 

Capítulo III

Competencia

 

Si preguntamos a un hombre de negocios de los Estados Unidos o de Inglaterra, qué es lo que pone más obstáculos a su felicidad, contestará: “La lucha por la vida”. Lo dirá con toda sinceridad, porque así lo cree. Y en cierto aspecto es verdad; pero en otro lado muy importante es profundamente falso. La lucha por la vida es algo que existe naturalmente. Existe cuando cualquiera de nosotros se siente desgraciado. Existió, por ejemplo, para Falk, el héroe de Conrad, que en un barco abandonado era uno de los dos hombres con armas de fuego, entre una multitud que no tenía otra alternativa que comerse unos a los otros. Cuando los dos hombres acabaron con los alimentos en que pudieron estar de acuerdo, comenzó una verdadera lucha por la vida. Falk ganó, pero después fue siempre vegetariano. Pero no es todo lo que quiere decir el hombre de negocios al hablar de “la lucha por la vida”. Es una frase incorrecta, que se ha elegido para dignificar algo esencialmente trivial. Preguntémosle cuántos hombres de su clase han muerto de hambre. Preguntémosle qué fue de sus amigos, después que arruinaron. Todo el mundo sabe que un hombre de negocios arruinado tiene muchas más comodidades materiales que quien no ha sido nunca lo suficientemente rico como para poder exponerse a la ruina. Lo que la gente entiende, pues, al hablar de la lucha por la vida es en realidad la lucha por el éxito. Lo que se teme al entrar en la lucha no es que falte el desayuno a la mañana siguiente, sino el que no se consiga deslumbrar a los vecinos.

 

Es extraño cuán pocos hombres parecen darse cuenta de que no están cogidos en el engranaje de un mecanismo del que no pueden escapar, sin darse cuenta en el tráfago en que viven, de que no pueden seguir adelante. Hablo, desde luego, de los grandes negociantes, de los hombres que tienen grandes ingresos, y podrían, si quisieran, vivir con lo que tienen. Pero el hacerlo así les parece tan vergonzoso como desertar del ejército frente al enemigo, aunque si se les pregunta qué utilidad pública tiene su trabajo, se verán en apuros para contestar con otra cosa que soltando vulgaridades acerca de la vida activa.

 

Veamos la vida de estos hombres. Tienen, probablemente, una casa, una mujer y unos niños encantadores. Se levantan por la mañana medio dormidos y se van muy de prisa a su oficina. Allí hay que exhibir las cualidades de un gran hombre de acción: una expresión enérgica, una manera de hablar decidida, un aire de sagaz reserva, estudiando para impresionar a todos menos al recadero de la oficina. Dicta cartas, habla con diversas personas importantes por teléfono, estudia el mercado y almuerza con alguien con quien tiene o espera tener negocios. Por la tarde hace cosas parecidas. A la hora de cenar, él y unos cuantos hombres, cansados, tienen que pretender gozar de la compañía de señoras que no han tenido ocasión de cansarse todavía. Es imposible predecir las horas que necesita el pobre hombre para liberarse de esto. Por fin, se duerme, y la tensión cede durante unas horas.

 

La vida de trabajo de estos hombres tiene la psicología de una carrera de cien yardas; pero como la carrera en que toma parte tiene como único fin la tumba, la concentración que está bien para cien yardas, resulta a fin de cuentas excesiva. ¿Qué saben ellos de sus hijos? Durante los días de la semana no salen de la oficina; los domingos están en los campos de golf. ¿Que saben de sus mujeres? Cuando las dejan por las mañanas están dormidas. Durante la noche tienen obligaciones sociales que impiden toda conversación íntima. Probablemente no tienen amigos que les interesen, aun cuando con algunos de ellos afectan una amabilidad que están lejos de sentir. La primavera y las cosechas sólo las conocen en cuanto afectan el mercado; probablemente han visto países extranjeros, pero con un enorme aburrimiento. Los libros les parecen fútiles, la música es cosa de pedantes. Cada año se encuentran más solos, su atención se reconcentra y la vida fuera de los negocios tiene cada vez menos sentido. Yo he visto en Europa un americano de este tipo, de edad más que madura, con su mujer y con sus hijas. Evidentemente habían convencido al pobre hombre de que ya era hora de que se tomara unas vacaciones y de que diera a sus hijas la oportunidad de ver el viejo mundo. La madre y las hijas lo rodeaban en éxtasis y le llamaban la atención sobre todo lo que les parecía característico. El páter familias, completamente cansado y aburrido, pensaba probablemente en lo que estaría ocurriendo en la oficina o en los partidos de béisbol. Las mujeres, por fin, lo dejaron en paz, conviniendo en que los hombres son unos filisteos. Probablemente no se les ocurría que él era una víctima de su voracidad, probablemente estaban en lo cierto, pues tampoco la viuda india, inmolada en la tumba de su marido, no es lo que nos parece a los europeos. Probablemente en nueve casos de cada diez la viuda era una víctima propicia, dispuesta a ser quemada por amor a la gloria y porque así lo ordenaba su religión. La religión y la gloria del hombre de negocios le exigen que haga mucho dinero y, por lo tanto, sufre el tormento gozosamente, como la viuda del hindú. Si el hombre de negocios americano quiere ser más feliz, debe comenzar por cambiar de religión. Mientras no solo desee el éxito, sino que este persuadido de todo corazón de que el deber del hombre es la persecución del éxito, y de quien no lo consiga es un infeliz, su vida será demasiado ansiosa y concentrada para ser dichoso. Fijémonos en algo tan sencillo como la inversión de fondos. Casi todos los americanos preferirán cobrar el ocho por ciento en una operación arriesgada, al cuatro por ciento en una operación segura. La consecuencia es que hay continuas pérdidas de dinero, y continua irritación y malestar. Por mi parte, lo que yo quisiera obtener del dinero es sosiego y seguridad; pero lo que el hombre típicamente moderno desea es ganar más dinero con vista a la ostentación, al esplendor, al deslumbramiento de los que han sido sus iguales. La escala social en los Estados Unidos es indefinida y sujeta a constante fluctuación. Por ello todas las emociones del esnobismo son más inquietas que en los países donde el orden social es fijo, y aunque el dinero en sí no basta para ser grande a un pueblo, es difícil ser grande sin dinero. Además, el dinero que se gana es la medida aceptada del talento. Nadie quiere pasar por necio. Por tanto, cuando hay nerviosismo en el mercado, los hombres se parecen a los jóvenes que se están examinando. Yo creo que en un miedo positivo, aunque irrazonable, a las consecuencias de la ruina, interviene en las inquietudes del hombre de negocios. Clayhanger, el personaje de Arnold Bennet, cuanto más rico se hacía tenía más miedo de morir en el asilo. Yo no dudo de que quienes han sufrido una pobreza extrema en su niñez sienten el terror de que sus hijos pasen por transe parecido, y les parece posible amontonar millones que sirvan de dique a la catástrofe. Tales miedos son quizá inevitables en la primera generación; pero no es tan probable que aflijan a los que no han sido muy pobres. De todos modos son un factor pequeño y excepcional en el problema.

 

 La raíz del mal está en la importancia que se concede al éxito en la competencia como la mayor fuerte de felicidad. Yo no niego que la consecución del éxito facilite el goce de la vida. Un pintor, por ejemplo, que durante su juventud ha sido desconocido, es probable que sea más feliz al conquistar la fama. Tampoco niego que el dinero, hasta cierto punto, sea muy capaz de aumentar la felicidad; más allá de cierto punto, no lo creo así. Lo que sí afirmo es que el éxito no es más que un ingrediente de la felicidad, y que se compra demasiado caro si todos los demás se sacrifican por conseguirlo. La fuente de esto es la filosofía predominante en los centros de negocios. En Europa es cierto que hay otros círculos que gozan de prestigio. En algunos países es la aristocracia, en otros las profesiones liberales, y con excepción de los países pequeños, son respetados el ejército y la marina. Aunque es cierto que en toda profesión existe un elemento de competencia, no lo es menos que lo que se respeta no es precisamente el éxito sino  las cualidades ha las que sea debido el éxito. Un hombre a ciencia puede hacer o no hacer dinero, pero no es más respetado si lo hace que si no lo hace. No es sorprendente que un gran almirante o un general sean pobres; la pobreza, en tales circunstancias es, en cierto sentido, un honor. Por estas razones, la lucha en competencia puramente monetaria está confinada a ciertos círculos, y tal vez no sean lo más influyentes ni respetados. En América ya es otra cosa. Los servicios naval y militar significan poco en la vida nacional para que sus normas tengan influencia. En cuanto a las profesiones liberales, es difícil que un profano sepa con exactitud sí un medico sabe mucha medicina, o si un abogado sabe mucho de leyes, en consecuencia, es más sencillo juzgar sus meritos por los ingresos que se suponen al observar su plan de vida. En cuanto a los profesores, son criados que alquilan los hombres de negocios, y como tales tienen menor prestigio que en los países viejos. La consecuencia de todo esto es que en los Estados Unidos el hombre profesional imita al hombre de negocios, y no constituye, como en Europa, una categoría aparte. En las clases bajas no hay, por lo tanto, nada que mitigue la lucha, abierta y franca, por el éxito financiero.

 

Los niños americanos comprenden muy pronto que esto es lo único que cuenta y no se preocupan de la educación que no tenga posibilidades pecuniarias. La educación solía concebirse como un perfeccionamiento de la capacidad de goces, entendiendo por goces los más delicados, que no eran asequibles a la gente sin cultura. En el siglo XVIII, una de las características del gentleman era el poder gustar y entender de literatura, música y pintura. Hoy podemos no estar de acuerdo con sus gustos, pero no cabe duda de que eran sinceros. El hombre rico de hoy aspira a ser un tipo totalmente distinto. No lee. Si quiere tener una colección de cuadros, que aumentan su fama, se deja guiar por los técnicos en su elección; el placer que le producen no es el de mirarlos, sino el de impedir que otros ricos lo posean. En cuanto a la música, es posible que la entienda si es judío; si no, tendrá de ella el mismo desconocimiento que de las demás artes. El resultado de esto es que no sabe qué hacer de su ocio. Cuanto más dinero tiene, más fácil le es seguir enriqueciéndose, hasta que llega un momento en el que gane en cinco minutos más de lo que pueda gastar en todo el día. Como consecuencia de su éxito, el pobre hombre se entrega a la disipación. Y ello es inevitable mientras sea el éxito la finalidad única de vida. A menos que se le enseñe al hombre qué es lo que tiene que hacer con el éxito después de conseguirlo. Su consecución lo llevara inevitablemente al aburrimiento.

 

El hábito mental de competencia invade pronto otras regiones que no le pertenecen. Fijémonos en la afición a la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: primero, porque es un placer, y segundo, porque se puede hacer ostentación de haberlo leído. Entre las mujeres de los Estados Unidos se ha puesto de moda el leer (o aparentar que se lee) algunos libros al mes. Algunas los leen, otras se contentan con el primer capítulo; otras hojean las revistas críticas; pero todas tienen esos libros en sus mesas. No leen, sin embargo, obras maestras. No se ha dado el caso de que los clubes de lectura elijan ningún mes Hamlet o el rey Lear; ningún mes ha habido necesidad de leer a Dante. Por lo tanto, no se lee nunca obras maestras, sino libros modernos, de autores mediocres. Esto también es un efecto de la competencia, y no tal vez del todo abominable, porque la mayor parte de las señoras en cuestión leerían libros peores que los seleccionados para ellas por sus mentores. La boga de la competencia en la vida moderna está relacionada con la decadencia general del tipo de civilización, tal como sucedió en Roma después de la época de Augusto. Hombres y mujeres parecen incapaces de gozar placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, que llego a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, Todavía era una tradición viva hace 40 años. Era un arte verdaderamente exquisito, que ponía en juego las más altas facultades en beneficio de algo completamente efímero. Pero, ¿Quién se preocupa en nuestros días por algo tan apacible? En China todavía se practicaba ese arte hasta hace diez años; pero yo creo que el ardor misionero de los nacionalistas lo ha ahuyentado por completo. El conocimiento de la buena literatura, que era universal entre la gente educada hace 50 o 100 años, está ahora reducido a unos cuantos profesores. Todos los placeres más tranquilos se han abandonado. Algunos estudiantes americanos me llevaron de paseo en primavera, a través de un bosque próximo a su residencia; estaba lleno de deliciosas flores salvajes, pero ninguno de mis guías conocía tan siquiera el nombre de una de ellas ¿De qué servía saberlo? Ninguno iba a ganar por ello más dinero.

 

El mal no es solamente individual, y un solo individuo no podría impedirlo en su propio caso aisladamente.  El mal procede de la filosofía de la vida, generalmente aceptada, según la cual la vida es lucha, competencia, y solo se respeta al vencedor. Esto conduce al cultivo excesivo de la voluntad, a expensas de los sentidos y del entendimiento. Aunque tal vez al decir esto estemos poniendo el coche delante del caballo. Los moralistas puritanos modernos han ensalzado siempre la voluntad; aunque originalmente concedían más importancia a la fe. Puede ser que las generaciones puritanas produjeran una raza en la que la voluntad tenía que desarrollarse con exceso, agotando a los sentidos y al entendimiento, y que luego adoptaron la filosofía de la competencia como la más apropiada a su naturaleza. Sea de ello lo que quiera, el éxito prodigioso de estos modernos dinosaurios que, como sus prototipos prehistóricos prefieren el poder a la inteligencia, está encontrando imitadores en todo el mundo; se han convertido en modelos del hombre blanco en todas partes, y su influjo es posible que se acreciente en los 100 años venideros. Sin embargo, los que no se encuentran a la moda, pueden consolarse pensando que los dinosaurios no triunfaron en definitiva, que se devoraron los unos a los otros, y que sus inteligentes vecinos heredaron su reino. Nuestros modernos dinosaurios se están matando. No tienen por término medio más que dos hijos cada matrimonio; no gozan de la vida lo suficiente parta engendrar hijos. En este aspecto, la filosofía exageradamente activa que heredaron de sus antepasados puritanos los hace inadaptados para el mundo. Aquellos cuyo concepto de la vida no les produce la alegría suficiente para engendrar hijos, están condenaos a muerte. Antes de mucho tiempo serán sustituidos por algo más alegre y jovial. La competencia, considerada como lo mas importante en la vida, es demasiado inflexible y tenaz; se da demasiada importancia a los músculos tensos y a la voluntad firme, para ser una base de vida posible durante más de una o dos generaciones. Después de este tiempo se producirá fatiga nerviosa, diversos fenómenos de evasión, un afán de placeres tan tenso y difícil como el trabajo (puesto que la relación se ha hecho imposible) y, al final, la desaparición de la existencia por esterilidad. No solo se envenena el trabajo con la filosofía de la competencia, se envenena también el descanso. El descanso, que es apacible y restaurador de los nervios, llega a ser aburrido. Es preciso seguir en continuo aceleramiento, al final del cual vienen las drogas y el colapso. La cura de esto se haya en admitir en nuestro ideal equilibrado de la vida una parte de goces sano y apacible.

 

Capítulo IV

Fastidio y excitación. 7 de junio 2010

 

Al fastidio, como factor de la conducta humana, se le ha concedido, según creo, menos importancia de la que

Merece. Ha sido, a mi entender, una de las grandes fuerzas motrices de la historia, y hoy lo es más que nunca.

El fastidio parece ser una emoción típicamente humana. Es cierto que los animales en cautividad se vuelven indiferentes, se pasean de arriba abajo y bostezan; pero en estado de naturaleza no creo que experimenten nada parecido al aburrimiento. La mayor parte de su tiempo lo pasan con la preocupación de sus enemigos o de la comida; a veces se reúnen, a veces procuran buscar calor. Pero, aun siendo desgraciados, no creo que se aburran. Probablemente los monos antropoides se parecían a nosotros en ese aspecto, como en otros; pero como no he vivido nunca entre ellos, no he tenido la oportunidad de hacer esa experiencia. Una de las características esenciales del aburrimiento consiste en el contraste entre las circunstancias actuales y otras más agradables, que fuerzan irresistiblemente nuestra imaginación. Es también esencial al aburrimiento que las facultades del interesado no estén ocupadas. El tener que huir de enemigos que atentan contra la vida propia, supongo que debe de ser desagradable; pero, desde luego, no es aburrido. Un hombre no creo que pueda aburrirse mientras lo están ejecutando, a menos que tenga un valor casi sobrehumano. De manera análoga, nadie ha bostezado durante su primer discurso en la Cámara de los Lores, con excepción del difunto duque de Devonshire, que con este motivo fue muy admirado por sus compañeros. El fastidio es un deseo contrariado de sucesos no precisamente agradables, sino lo suficientemente interesantes para que la víctima del hastío pueda distinguir un día de otro. Lo contrario del aburrimiento, en una palabra, no es el placer, sino la excitación.

 

El deseo de excitación es muy profundo en los seres humanos, especialmente en los hombres. Yo supongo que en la edad de la caza podía satisfacerse mejor que ahora. La caza era excitante, lo mismo que la guerra y el galanteo. Un salvaje puede cometer adulterio con una mujer mientras su marido duerme a su lado, a sabiendas de que le aguarda la muerte si el marido se despierta. Esta situación me parece que no es aburrida. Pero con la aparición de la agricultura la vida comenzó a ser triste, excepto para los aristócratas, que todavía siguen y seguirán en la edad de la caza. Se oye hablar mucho del tedioso maquinismo; pero yo creo que el tedio de la agricultura con los antiguos métodos, es por lo menos tan grande. Contra lo que muchos filántropos sostienen, yo diría que la época del maquinismo ha disminuido enormemente la cantidad de aburrimiento en el mundo. Entre los asalariados las horas de trabajo no son solitarias, y al atardecer pueden entregarse a una variedad de diversiones imposibles en el antiguo pueblo campesino. Veamos también los cambios en la clase media. Antiguamente, después de comer, cuando la mujer y las hijas levantaban la mesa, todos se sentaban alrededor para “gozar de los placeres familiares”. Estos placeres consistían en que el páter familias se dormía, su mujer cosía y sus hijas pensaban en la muerte o en vivir en Tombuctú. No se les permitía leer ni abandonar la estancia, porque, en teoría el padre hablaba con ellas, y esto era un placer que afectaba a todos. Si tenían suerte, acababan por casarse, y por tener la posibilidad de dar a sus hijas una juventud tan triste como había sido la suya. Si no tenían suerte, se convertían en solteronas y terminaban a veces siendo señoras pobres, el destino más terrible que se le hubiera podido ocurrir a un  salvaje para castigar a sus víctimas. Hay que tener en cuenta este enorme fastidio al apreciar el mundo de hace cien años, y si retrocedemos más hacia el pasado, todavía el fastidio es mayor. Imaginémonos la monotonía del invierno en una aldea medieval. La gente no podía leer ni escribir, no tenían más luz que la de las candilejas, para alumbrarse, el humo del hogar llenaba la única habitación que nos estaba completamente fría. Los caminos eran impracticables, así que apenas se veía a la gente de otros pueblos. Probablemente el aburrimiento influyó más que nada en la costumbre de cazar brujas, como el único deporte que podía alegrar las noches invernales.

 

Nosotros nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más horror al aburrimiento. Hemos llegado a saber, o más bien a creer, que el aburrimiento no es una carga natural humana, sino que puede evitarse buscando excitaciones con suficiente energía. Las muchachas de hoy se ganan la vida en gran parte porque ello las capacita para buscar excitaciones durante la tarde huir de los “Placeres familiares” que sus abuelas tuvieron que soportar. Todo el que puede vive en la ciudad; en América, los que no pueden, tienen coche o por lo menos, una motocicleta para ir al cine. Y, desde luego, tienen radio en sus casas. Hombres y mujeres jóvenes se encuentran con mucha menos dificultad que antes, y cualquier criada de servicio espera divertirse, una vez a la semana, por lo menos tanto como la heroína de Jane Austen durante toda una novela. Si ascendemos en la escala social, el afán de excitaciones es más intenso. Los que pueden hacerlo, se mueven constantemente de un lugar a otro, llevando a todas partes su alegría, bailando y bebiendo, pero esperando siempre, por cualquier razón, divertirse más en otro sitio. Los que han  de ganarse la vida tienen su parte de aburrimiento necesariamente durante las horas de trabajo; pero los que poseen dinero suficiente para liberarse de la necesidad de trabajar, tienen como aspiración una vida completamente desprovista de aburrimiento. Es un  noble ideal, que no intentaré describir; pero yo temo que, como otros ideales, sea más difícil de realizar de lo que suponen los idealistas. Después de todo, las mañanas suelen ser aburridas en la misma proporción en que las noches anteriores fueron divertidas. Hay que tener en cuéntala edad madura y, probablemente, la vejez. A los veinte años, los jóvenes creen que la vida se acaba al pasar los treinta. Yo, a la edad de cincuenta y ocho años, no pienso en lo mismo. Tal vez no sea prudente gastar el capital vital, como no lo es gastarse el capital financiero. Tal vez sea necesario algo de aburrimiento como ingrediente imprescindible de la vida. El deseo de librarse del aburrimiento es natural; de hecho, todas las razas humanas han  procurado hacer lo mismo cuando les ha sido posible. Cuando los salvajes probaron por primera vez el licor de los blancos, encontraron, por fin, un escape al antiguo tedio y excepto cuando intervino el gobierno, bebieron hasta morir de una embriaguez desenfrenada. Las guerras, Las matanzas y las persecuciones han constituido una parte de la lucha contra el aburrimiento; las mismas riñas de vecinos muchas veces no tienen otro objeto que pasar el rato. El aburrimiento es, pues, un problema vital para el moralista, pues lo menos la mitad de los pecados de la humanidad han sido cometidos por huir de él.

 

El aburrimiento, sin embargo, no debe considerarse como completamente perjudicial. Hay dos clases de aburrimiento, de las cuales la una es provechosa y la otra embrutecedora. El aburrimiento provechoso procede de la ausencia de drogas, y el embrutecedor de la ausencia de actividades vitales. Yo no estoy dispuesto a decir que las drogas no desempeñan un papel importante en la vida. Hay momentos en que un estupefaciente lo administra un buen médico, y yo creo que esos momentos son más frecuentes de lo que suponen los prohibicionistas. Pero el deseo inmoderado de drogas es algo natural. Y el tedio que se apodera de la persona acostumbrada a las drogas, cuando se le priva de ellas, es algo para lo que el tiempo es el único remedio. Y lo que se dice de las drogas puede aplicarse asimismo, dentro de ciertos límites, a toda clase de excitaciones. Una vida con demasiadas excitaciones es una vida agotadora, en la cual son necesarios estímulos cada vez mayores para producir la emoción, que es parte integrante del placer. Una persona acostumbrada a demasiadas excitaciones es como una persona aficionada con exceso a la pimienta, que llega incluso a no notar una cantidad que sofocaría a cualquier otro. El exceso de excitación no sólo mina la salud, sino que insensibiliza el paladar para todo placer, sustituyendo las titilaciones por profundas satisfacciones orgánicas, el talento por extremar los argumentos contra la excitación. Una cierta dosis es saludable; pero, como casi todo, es una cuestión cuantitativa. Demasiado poca puede producir deseos  morbosos, con exceso puede producir el agotamiento. Es pues, esencial, para vivir felizmente, una cierta capacidad para soportar el aburrimiento, y es una de las cosas que debiera enseñarse a la juventud.

 

Todos los grandes libros tienen trozos aburridos, y todas las grandes vidas tienen trechos desprovistos de interés. Figurémonos a un editor americano moderno leyendo el Antiguo Testamento como un nuevo manuscrito que llegara a sus manos por primera vez. No es difícil pensar cuáles serían sus comentarios, por ejemplo, acerca de las genealogías. Mi querido señor---diría---, a este capítulo le falta sal; no va usted a esperar que el lector se interese por una lista de nombres, de los cuales habla usted tan superficialmente. Reconozco que ha comenzado usted su historia con buen estilo, y al principio me impresionó positivamente; pero en conjunto, tiene usted demasiado afán de contarlo todo. Elija lo más llamativo, quite lo superfluo, y tráigame el manuscrito cuando lo haya reducido a dimensiones razonables. Así hablaría el editor moderno, conociendo el miedo que tiene el lector moderno de aburrirse. Lo mismo diría acerca de los libros de Confucio, del Corán, de El capital, de Marx y de otros libros sagrados que se han vendido muy bien. No hay que decir esto solamente de los libros sagrados. Las mejores novelas contienen pasajes tediosos. Una novela que centellea desde la primera página hasta la última es seguro que no será un gran libro. Tampoco la vida de los grandes hombres han sido interesantes fuera de los momentos excepcionales. Sócrates pudo asistir a banquetes y sacar un gran partido de sus conversaciones mientras hacía su efecto la cicuta, pero la mayor parte de su vida la vivió tranquilamente con Jantipa, dando un paseo por la tarde y encontrándose probablemente pocos amigos en el camino. De Kant se dice que en toda su vida nunca se alejó más de diez millas de Konisgberg. Darwin, tras de haber dado la vuelta al mundo, pasó el resto de su vida en su propia casa. Marx, después de haber promovido algunas revoluciones, decidió gastar el resto de sus días en el museo británico. De manera general puede decirse que la vida tranquila es característica de los grandes hombres, y que sus goces no parecen muy incitantes a los ojos de un profano. No es posible realizar nada de importancia sin un trabajo continuado y absorbente, y así queda muy poca energía para las diversiones activas, excepto las que sirven para recuperar las energías físicas perdidas durante las vacaciones, como subir a los Alpes por ejemplo.

 

La capacidad para soportar una vida más o menos monótona debiera adquirirse en la niñez. Hay que censurar mucho en este aspecto a los padres que proporcionan a sus hijos demasiadas diversiones pasivas, como teatros y buenas comidas, y no se dan cuenta de la trascendencia que tiene para un niño el que todos los días sean iguales, con poquísimas excepciones. Los placeres de la niñez debieran ser principalmente los que el niño pudiera procurarse con su esfuerzo, y su inventiva en el medio que lo rodea. Los placeres excitantes que no implican cansancio físico, como, por ejemplo, el teatro, debieran facilitársele muy pocas veces. Esta excitación es parecida a la de las drogas, que cada vez exigen más, y la pasividad física durante la excitación, es contraria al instinto. Un niño, como mejor se desarrolla, es como a la planta a la que se deja tranquila en su propio suelo. El exceso de viajes y la demasiada variedad de impresiones no son buenos para el joven, y hacen que cuando sea mayor esté incapacitado para soportar una monotonía provechosa. No quiero decir que la monotonía tenga méritos propios; digo tan sólo que hay un cierto número  de sosas buenas que no son posibles sino con un cierto grado de monotonía. Tomemos como ejemplo el Preludio de Wordsworth. Es evidente, para cualquier lector, que lo que haya de valor en las ideas y sentimientos de este autor hubiera sido imposible para un joven complicado de la ciudad. Un muchacho o un joven que tiene algún propósito constructivo serio soportaría voluntariamente una gran cantidad de aburrimiento si lo cree imprescindible. Pero los propósitos constructivos pocas veces existen en los muchachos que llevan una vida de distracciones y disipaciones, porque en este caso su pensamiento se dirigirá siempre al placer próximo y no hacia una realización lejana. Por estas razones, una generación que no pueda soportar el tedio será una generación de hombres pequeños, de hombres indebidamente divorciados del proceso lento de la naturaleza, de hombres en los que todo impulso vital se marchita lentamente, como si fueran flores cortadas en un florero.

 

No me gusta el lenguaje emblemático, y, sin embargo, apenas puedo expresar lo que quiero sin emplear frases más bien poéticas que científicas. Comoquiera que pensemos, somos criaturas de la tierra; nuestra vida es parte de  la vida de la tierra, y nos alimentamos de ella lo mismo que los animales y las plantas. El ritmo de la vida de la tierra es lento; el otoño y el invierno son tan esenciales para él como la primavera y el verano, y el descanso es tan esencial como el movimiento. Para el niño, aún más para el hombre, es necesario mantener cierto contacto, con el flujo y el reflujo de la vida terrestre. El cuerpo humano ha sido adaptado a través de los tiempos a este ritmo, en la religión ha expresado algo de él con la fiesta de pascua florida. Yo he visto a un niño de dos años que había vivido siempre en Londres salir por primera vez de paseo al campo. Era en invierno, y todo estaba mojado y cenagoso. Para el adulto no había allí ningún encanto, pero el niño se quedó extrañadamente  extasiado; se arrodilló en la tierra mojada, rozó con su cara la hierba y dio salida a gritos semiarticulados de placer. La alegría que experimentaban era primitiva, sencilla, y fuerte. La necesidad orgánica que estaba satisfaciendo era tan profunda, que quienes carecen de ella rara vez están completamente sanos. Muchos placeres, entre los cuales podemos citar el de juego de azar, no encierran elemento alguno de este contacto con la tierra. Estos placeres, en el instante en que cesan, dejan en el hombre una sensación de suciedad e insatisfacción, con hambre de algo que no sabe lo que es. Esos placeres no producen nada que pueda llamarse alegría. En cambio, lo que nos ponen en contacto con la vida de la tierra tienen en ellos algo que satisfacer profundamente; cuando cesan, la felicidad que habían producido permanece, aunque su intensidad  fuera menor que otras diversiones más excitantes. Esta diferencia recorre toda la escala, desde las ocupaciones más sencillas a las más complicadas. El niño de dos años de que hablaba, mostró la forma más primitiva posible de unión con la vida de la tierra.

 

Pero en esferas más altas podemos encontrar lo mismo en poesía. Lo que da categoría de suprema a la lírica de Shakespeare es que está transida de la misma alegría que hizo abrazar la hierba al niño de de dos años.  Encontramos en los versos de Shakespeare la expresión civilizada de la misma emoción que hizo prorrumpir en gritos inarticulados del niño. Pensemos entre la diferencia entre el amor y la mera atracción sexual. El amor es una experiencia en la que todo nuestro ser se refresca y renueva como las plantas con la lluvia después de una sequía. En la relación sexual sin amor no hay nada de esto. Cuando el placer momentáneo ha terminado, hay fatiga, disgusto y una sensación de que la vida es hueca. El amor es una parte de la vida de la tierra; el sexo sin amor, no lo es.

 

El fastidio especial de las modernas poblaciones urbanas está íntimamente relacionado con su separación de la vida de la tierra. Su es cálida, sedienta y polvorienta como una peregrinación en el desierto. Entre los que son suficientemente ricos para elegir su vida, el fastidio especial de que sufren es debido, por muy paradójico que parezca, al miedo que tienen de aburrirse. Al huir del fastidio provechoso caen presas del fastidio embrutecedor. Una vida feliz debe ser, en una gran extensión, una vida tranquila, porque sólo en una atmósfera de quietud puede vivir la verdadera alegría.

 

Capítulo V

Fatiga

9 DE JUNIO

 

Hay distintas clases de fatiga, algunas de las cuales constituyen  mayor obstáculo que otras para la felicidad. La fatiga puramente física, siempre que no sea excesiva, es uno de los mayores motivos de felicidad; incita a un profundo sueño, produce un excelente apetito y da sabor a las diversiones. Pero cuando es excesiva,  ocasiona daños. Las aldeanas de las regiones menos adelantadas son viejas a los treinta años, todo por exceso de trabajo. En los comienzos del industrialismo, los niños se malograban en su desarrollo y frecuentemente morían por agotamiento. Todavía ocurre esto en China y en el Japón, donde el industrialismo es nuevo, y en cierta proporción en los países sudamericanos. El trabajo físico, cuando traspasa ciertos límites, es una atroz tortura y contribuye con mucha frecuencia a hacer la vida casi insoportable. Sin embargo, en los países más adelantados del mundo moderno, la fatiga física ha disminuido mucho gracias al mejoramiento de las condiciones industriales. La fatiga más temible es nuestra época es la fatiga nerviosa. Por extraño que parezca, está muy extendida entre los ricos y tiende a ser mucho menor entre los asalariados, entre los hombres de negocios y entre los trabajadores intelectuales.

 

Es muy difícil librarse de la fatiga nerviosa en la época presente. En primer lugar, el obrero urbano está expuesto al ruido durante las horas del trabajo, y más todavía al volver desde el trabajo hasta su casa. Es cierto que se acostumbra a no oírlo conscientemente, pero no por ello se fatiga menos a causa del esfuerzo subconsciente que tiene que realizar para no oírlo. Otro motivo de fatiga, del que tampoco nos damos cuenta, es la constante presencia de personas extrañas. El instinto natural a todo ser extraño de su especie, para saber si le debe tratar amigable u hostilmente. Este instinto no tiene más remedio que inhibirse entre los que viajan en el “Metro” a las horas de mayor aglomeración, y el resultado de esta inhibición es el experimentar un odio general difuso contra los todos los extraños con quienes se pone en contacto involuntario. Además, la prisa para alcanzar el tren de la mañana, con la dispepsia consiguiente. Por lo tanto, cuando se deja la oficina, los nervios están deshechos y se tiende a mirar a la raza humana como un estorbo. El jefe, que llega con un humor parecido, no está en disposición muy propicia para sus empleados. El miedo a ser despedido obliga a una conducta respetuosa, pero esta conducta antinatural obliga a nuevos esfuerzos nerviosos. Si los empleados pudieran desahogarse una vez a la semana, y decirle al jefe lo que piensan de él, se aliviaría la tensión nerviosa, pero esto en nada favorecería al jefe, que también tiene sus preocupaciones. Lo que es para el empleado el miedo que lo despidan, es para el jefe el miedo a la bancarrota. Es cierto que algunos se hallan libres de esos temores, pero para conseguir una posición firme, generalmente han tenido que pasar por años de dura lucha, teniendo que abstraerse de todo para preocuparse únicamente de las maquinaciones de sus competidores. El resultado de todo esto es cuando el éxito llega, el triunfador es una ruina nerviosa, y la ansiedad ha arraigado de tal modo en su persona que no puede desprenderse de ella, aun cuando las razones hayan desaparecido. Claro que hay hijos de ricos; pero, por regla general, llegan a tener preocupaciones muy parecidas a las que hubieran tenido de nacer en la pobreza. Jugando y apostando consiguen desagradar a sus padres; durmiendo poco, para prolongar sus diversiones, debilitan su organismo, y cuando comienzan a tomar la vida en serio, son tan desagraciados como lo fueron anteriormente sus padres. Voluntaria o involuntariamente, por necesidad o por elección, la mayor parte de los hombres modernos llevan una vida de tortura nerviosa y están continuamente tan cansados que no pueden divertirse sin recurrir al alcohol.

 

Prescindiendo de algunos ricos que son más que idiotas, analicemos el caso más corriente aquellos cuya fatiga se debe al enorme esfuerzo que han de hacer para vivir. En muchos de estos casos la fatiga es producida por las preocupaciones, y las preocupaciones pudieran prevenirse con una filosofía de la vida mejor y con un poco más de disciplina mental. Muchos hombres y mujeres controlan muy deficientemente sus pensamientos. Quiero decir que no cesan de pensar en tópicos molestos cuando no pueden actuar contra ellos. Muchos llevan sus preocupaciones a la cama, y en las horas de la noche, que debieran reponerse para afrontar las preocupaciones del día siguiente, piensan obsesivamente en problemas que no pueden resolver por el momento, con esa delectación morbosa que caracteriza a los pensamientos agitados del insomnio. A la mañana siguiente perdura en ellos algo de la inquietud febril de la medianoche, oscureciendo su juicio, agriando su carácter y enfureciéndoles ante el menor contratiempo. El discreto piensa en sus problemas tan sólo cuando hay motivo para ello; cuando no es oportuno piensa en otras cosas, y por la noche no piensa absolutamente en nada. No quiero insinuar que en las grandes crisis, por ejemplo, cuando la ruina es inminente, o cuando el hombre tiene motivos para sospechar que su mujer lo engaña, sea posible, excepto a unos pocos cerebros excepcionalmente disciplinados acabar con las preocupaciones en los momentos que nada puede hacerse. Pero es perfectamente posible acallar las inquietudes habituales, excepto cuando sea necesario afrontarlas. Es sorprendente hasta qué punto puede aumentar la felicidad y la eficiencia en un cerebro organizado, que piensa adecuadamente en el momento oportuno, en vez de pensar desordenadamente en todo tiempo. Cuando hay que vencer una dificultad o tomar una decisión, tan pronto como tengamos los datos suficientes, pensemos con detención y decidámonos, y después de decidirnos, no rectifiquemos hasta que tengamos conocimiento de nuevos hechos. Nada es tan agotador ni tan inútil como la indecisión.

 

Muchas preocupaciones pueden desvanecerse al verificar la poca importancia que tiene la cuestión que nos inquieta. Yo he hablado en público muchas veces; al principio el auditorio me aterrorizaba y el nerviosismo hacía que hablase muy mal; era tal mi temor ante esta prueba, que hubiera preferido que se me rompiese una pierna para excusarme, y al terminar quedaba agotado por la tensión nerviosa. Gradualmente me acostumbré a pensar que no tenía importancia el que hablase bien o mal, porque el mundo no iba a cambiar mucho en cualquiera de los casos. Comprendí que cuando menos me preocupaba de hablar bien o mal, hablaba mejor, y gradualmente disminuyó la tensión nerviosa hasta desaparecer casi por completo. Gran número de fatigas nerviosas pueden recibir el mismo tratamiento. Nuestras acciones no son tan importantes como nos figuramos; nuestros éxitos o nuestros fracasos tienen una importancia relativa. Se puede así sobrellevar las mayores desgracias y preocupaciones, que parecen acabar con nuestra vida, y se disipan con el tiempo hasta hacernos olvidar su peligrosidad. Pero por encima de esas consideraciones egoístas se halla el hecho de que el Yo es una parte del mundo muy pequeña. El hombre que pueda dirigir sus pensamientos y esperanzas hacia algo que trascienda de sí mismo, puede hallar una paz en las inquietudes de la vida que es imposible para el egoísta puro.

 

Se ha estudiado muy poco lo que pudiera llamarse “higiene de los nervios”. Es cierto que la psicología industrial ha hecho investigaciones a pacientes acerca de la fatiga y ha demostrado con minuciosas estadísticas que si se hace algo durante demasiado tiempo, se acaba por cansarse---resultado que hubiera podido adivinarse sin tanto aparato científico---El estudio de la fatiga por los psicólogos se refiere principalmente a la fatiga muscular; aunque hay también un cierto número de estudiosos sobre la fatiga en las escuelas para niños. Pero nadie afronta bien el problema. La clase de fatiga más importante es siempre emocional en la vida moderna; la pura fatiga intelectual, como la pura fatiga muscular, tienen como único remedio el sueño. Toda persona que realiza un gran esfuerzo intelectual desprovisto de emoción---por ejemplo, cuentas minuciosas--- disipa su fatiga diaria con el sueño. El daño que se atribuye el exceso de trabajo es casi siempre debido a alguna clase de turbación o de ansiedad. Lo molesto de la fatiga emocional  que se confunde con todo. Cuanto más cansado se está, más difícil es contenerla. Uno de los síntomas de la enfermedad nerviosa que se avecina es la creencia de que el propio trabajo es enormemente importante y de que sería desastroso permitirse el lujo de unas vacaciones. Si yo fuera médico prescribiría vacaciones a todo aquel que considerase demasiado importante su trabajo. Las enfermedades nerviosas, que aparentemente son producidas por el trabajo, en realidad se deben, en todos los casos que yo conozco personalmente, a alguna perturbación emotiva que el paciente procura esquivar por medio del trabajo. Se opone a dejar su trabajo porque si lo hace no tendrá nada que lo distraiga de sus preocupaciones, cualesquiera que sean. Naturalmente que la preocupación puede ser el miedo a la bancarrota, y en ese caso su trabajo  está directamente relacionado con su preocupación, pero aún entonces su preocupación lo conducirá a trabajar más, hasta que su juicio se perturbe y ocurra la bancarrota más pronto que si hubiera trabajado menos. En todo caso, siempre es la perturbación emocional, y no el trabajo, lo que ocasiona la enfermedad.

 

La psicología de la perturbación es muy complicada. He hablado ya de la disciplina mental, esto es, del hábito de pensar en las cosas a su debido tiempo. Esto tiene su importancia, primero porque posibilita el dedicarse al trabajo diario con la menor pérdida del tiempo; segundo, porque consigue curar el insomnio, y tercero, porque produce acierto y eficacia en las decisiones. Pero estos métodos no penetran en el subconsciente, y cuando el daño es grave, ningún método es muy eficaz si no penetra más abajo del nivel de lo consciente. Los psicólogos han analizado prolijamente la influencia de lo consciente sobre lo inconsciente. Sin embargo, esto último es de gran importancia en lo que se refiere a la higiene mental y es necesario conocer si las convicciones racionales operan en la esfera de lo inconsciente. Esto es una aplicación  particular a la cuestión de las preocupaciones. Es muy fácil decirse que tal o cual desgracia no sería tan terrible si llegara a suceder; pero mientras ello sea solamente una convicción consciente, no operará durante las vigilias nocturnas ni impedirá la aparición de pesadillas. Yo creo que un pensamiento consciente puede penetrar en lo inconsciente si el esfuerzo es intenso y vigoroso.

 

La mayor parte de los contenidos inconscientes están formados de lo que en otro tiempo fueron pensamientos conscientes, hoy ocultos. Es posible seguir el proceso de esta ocultación deliberadamente, y en ese aspecto puede sernos muy útil lo inconsciente. Yo he notado, por ejemplo, que si he de escribir sobre un asunto difícil, no hay mejor plan que pensar en ello intensamente---con la mayor intensidad de la que soy capaz--- durante algunas horas diarias, y luego dar órdenes, por decirlo así, de que el trabajo continúe subrepticiamente. Después de algunos meses vuelvo a mi asunto y encuentro que el trabajo está hecho. Antes de descubrir esta técnica solía perder los meses intermedios preocupándome porque no hacía ningún progreso. No encontraba por ello la solución más pronto, y perdía meses que ahora puedo dedicar a otras cosas. Análogo procedimiento puede aplicarse respecto a la ansiedad. Cuando algún infortunio nos amenaza, pensemos seria y deliberadamente en lo peor que podría ocurrir. Después de haber afrontado esa posibilidad, podemos encontrar razones suficientes para convencernos de que en definitiva no hubiera sido una catástrofe terrible. Las razones existen siempre, y, en último término, nada de lo que nos ocurra tiene importancia cósmica. Después de pensar insistentemente en la peor posibilidad y de decirnos con una convicción absoluta:

“Bueno, después de todo, la cosa no tiene mucha importancia”, notaremos que nuestra preocupación disminuye en una proporción extraordinaria. Es posible que sea preciso repetir el procedimiento varias veces; pero,  al final, si no hemos eludido afrontar la solución peor, nuestra preocupación desaparece siendo sustituida por un cierto alboroto.  Esto forma parte de una técnica más general para la evitación del miedo, y todas las formas del miedo producen fatiga. El que se acostumbra a no tener miedo notará que el cansancio de su vida cotidiana disminuye extraordinariamente. Ahora bien, el miedo, en sus manifestaciones más dañinas, surge cuando hay un peligro que no podemos afrontar. Hay momentos extraños en que se apoderan de nuestro cerebro pensamientos horribles que varían con las personas, pero casi siempre hay un miedo oculto. Hay quien teme al cáncer o a la ruina económica; unos temen el descubrimiento de un secreto desgraciado, a otros los atormentan los celos, y no falta quien sufre de noche al pensar que tal vez sean ciertos los cuentos del fuego del infierno que le contaron siendo niño. Probablemente todas estas gentes emplean una técnica equivocada para combatir el miedo, y cuando acude a su imaginación procuran pensar en otra cosa o distraerse con diversiones o trabajo. Pero todas las variantes del miedo se empeoran no afrontándolas. El esfuerzo de desviar el pensamiento en un tributo al horrible espectro cuya mirada queremos evitar; el mejor procedimiento para combatir el miedo es pensar en él tranquila y razonablemente, pero con gran concentración, hasta familiarizarnos con él. Al fin, la familiaridad mitiga los terrores, la cosa nos parece estúpida, y desviamos nuestro pensamiento, no como antes, por un esfuerzo de voluntad, sino por falta de interés en el asunto. Cuando nos sintamos inclinados a cavilar por cualquier motivo, el mejor procedimiento es pensar en ello forzando su intensidad, hasta que por fin acabe por desvanecerse su mórbida fascinación.

 

Uno de los aspectos en que es más defectuosa la moralidad moderna es la cuestión del miedo. Es verdad que se exige a los hombres el valor físico, especialmente en la guerra, pero nada más, y a las mujeres no se les exige ninguna prueba de valor. Una mujer que sea valerosa tiene que ocultarlo si quiere interesar a los hombres. Tampoco se piensa bien de los hombres que son valientes en algo que no signifique peligro corporal. La indiferencia hacia la opinión pública, por ejemplo, se interpreta como una amenaza, y la gente hace cuanto está de su parte para burlarse de su reputación. Debiera ocurrir  todo lo contrario. Toda manifestación de valor, tanto en el hombre como en la mujer, debiera admirarse tanto como se admira el valor físico del soldado.  El hecho de que el valor físico sea corriente entre los hombres demuestra que puede conseguirse la clase de valor que la opinión pública demande. Con más valor habría menos preocupaciones, y por tanto menos fatigas nerviosas que agobian a los hombres y mujeres son debidas a miedos inconscientes o conscientes.

 

Una fuente de fatiga muy usual es el afán de excitaciones. Si la gente durmiera lo bastante, se encontraría bien;  pero las horas de trabajo son tristes y siente la necesidad de divertirse durante las horas de libertad. Lo desagradable es que los placeres más fáciles de obtener, y los más superficialmente atractivos son los que más desgastan el sistema nervioso. El deseo de excitaciones, cuando traspasa ciertos límites, es una señal de carácter deformado o de insatisfacción instintiva. En los primeros días de un matrimonio feliz muchos hombres no tienen necesidad de excitaciones; pero en la vida moderna el matrimonio se retrasa tanto, que, cuando al fin es económicamente posible, la excitación se ha convertido en un hábito que es difícil dominar por mucho tiempo. Si la opinión pública permitiera que los hombres se casasen a los veintiún años sin aceptar las cargas económicas que hoy conlleva el matrimonio, muchos hombres no irían en busca de placeres tan agobiantes como su trabajo. Sin embargo, el sugerir que esto sea posible se considera inmoral, como puede verse en el caso del juez Lindsey, a quien se deshonrado, a pesar de su larga y honorable carrera, por el único crimen de querer liberar a la juventud de las equivocaciones en las que incurre gracias a la intolerancia de sus padres. Pero no seguiré hablando de esto, que ampliaré en el capítulo siguiente acerca de la envidia.

 

Para el individuo particular que no puede alterar las leyes y las instituciones en que vive, es difícil afrontar la situación creada y perpetuada por moralistas opresivos. Sin embargo, merece la pena convencerse de que los placeres excitantes no son el camino para la felicidad, aunque mientras sigan siendo inasequibles otros placeres más satisfactorios, será difícil que el hombre soporte la vida sin ayuda de excitaciones. En esta situación, lo único que puede hacer un hombre discreto es moderarse y no entregarse a placeres agotadores hasta el punto de que alteren su salud o perturben su trabajo. La cura radical para las cuitas juveniles está en el cambio de la moral pública. Al propio tiempo, el joven hará bien en reflexionar que llegará el momento en que esté en disposición de casarse y que no es prudente vivir de manera que le sea imposible un matrimonio feliz, cosa que puede ocurrir fácilmente con el sistema nervioso alterado y con una incapacidad adquirida para placeres más suaves. Uno de los peores aspectos de la fatiga nerviosa es que obra como una especie de cortina entre el hombre y el mundo exterior. Las impresiones llegan a él opacas y mudas; no ve en la gente que trata sino engaños y amaneramientos; no le interesa la comida, ni el sol, y tiende a concentrarse sobre unas cuantas cosas con absoluta indiferencia para todo lo demás. Tal estado de cosas le imposibilita descansar y aumenta constantemente la fatiga, hasta que se hace imprescindible el tratamiento médico. Todo esto es, en el fondo,  un castigo por haber perdido aquel contacto con la tierra de que hablábamos en el capitulo anterior. Pero  no es en modo alguno fácil indicar cómo hay que mantener este contacto en las grandes aglomeraciones de nuestras ciudades modernas. Y al llegar aquí bordeamos amplias cuestiones sociales que no es mi intento abordar en este libro.

 

Envidia

Capítulo VI

10 DE JUNIO

       

Después  de las preocupaciones, uno de los factores más importantes de la desgracia es la envidia. Yo diría que la envidia es una de las pasiones humanas más universales y profundas. Se advierte ya en los niños al cumplir un año, y todo educador debe tratarla con el más respetuoso cuidado. La más ligera apariencia de favorecer a un niño a expensas de otro es instantáneamente observada y sentida.  Todo el que trata con niños debe adoptar una justicia distribuida absoluta y rígida. Pero los niños no hacen otra cosa que expresar con un poco más de sinceridad la envidia y los celos (una forma especial de envidia) que las personas mayores. La emoción es tan común en los adultos como en los niños. Fijémonos, por ejemplo, en las muchachas de servicio; yo recuerdo que cuando una de las nuestras, casada, quedó embarazada y le dijimos que no le convenía llevar cosas de mucho peso, el resultado inmediato fue que ninguna de las otras quiso ya levantar nada pesado, y ese trabajo lo tuvimos que hacer siempre nosotros mismos. La envidia es la base de la democracia. Heráclito dice que se debiera haber ahorcado a todos los ciudadanos de Éfeso por haber dicho: “No puede haber entre nosotros ninguno que sea primero”. El sentimiento democrático de los Estados griegos, casi en su totalidad, debió de haber sido inspirado por esta pasión. Y lo mismo puede decirse de la democracia moderna. Es cierto que hay una teoría idealista según la cual la democracia es la mejor forma de gobierno, y yo, por mi parte, creo que la teoría es cierta. Pero no hay ninguna rama de política práctica en donde las teorías tengan fuerza suficiente para efectuar grandes cambios; cuando esto ocurre, las teorías que lo justifican son siempre el disfraz de la pasión. Y la pasión que ha reforzado las teorías democráticas es indiscutiblemente la pasión de la envidia. Leamos las memorias de madame Roland, a quien se representa comúnmente como una mujer noble inspirada por su amor al pueblo. Notaremos que lo que hizo de ella una demócrata tan ferviente fue el hecho de que cuando visitaba a algún aristócrata la recibían en la sala de los criados.

 

Entre la mayor parte de las mujeres respetables, la envidia representa un papel muy importante. Si viajamos en el Metro, y una mujer bien vestida entra en el coche, observemos la mirada de las demás mujeres. Veremos que todas, con la posible excepción de las que van mejor vestidas, la miran con malevolencia y procuran sospechar cosas negativas con respecto de ella. La afición al escándalo es una expresión de esa malevolencia general, y lo que se dice contra otras mujeres es inmediatamente creído, aunque tenga las más fútiles probabilidades. Una moralidad elevadísima ayuda a producir los mismos resultados, se envidia a los que tienen la misma posibilidad de faltar a ella y se considera virtuoso que se castiguen sus pecados. Esta manifestación particular de virtud es su propia recompensa.

 

Sin embargo, entre los hombres puede observarse lo mismo exactamente, con la excepción de que las mujeres miran a todas las demás mujeres como sus competidoras, mientras que los hombres, por regla general, hacen esto solamente con los de su misma profesión. Lector, ¿has cometido alguna vez la imprudencia de alabar a un artista en presencia de otro artista, o de hablar bien de un político delante de otro político, o de hacer un elogio de un egiptólogo  ante otro egiptólogo? Si lo has hecho, en el noventa y nueve por ciento de los casos habrás producido una explosión de celos. En la correspondencia de Leibniz y Huyghens hay una porción de cartas lamentándose del hecho supuesto de que Newton se había vuelto loco.”¿No es triste, decía uno al otro, que el genio incomparable de míster Newton se haya apagado por la pérdida de la razón?” Y estos dos hombres eminentes, carta tras carta, derraman lágrimas de cocodrilo con manifiesta fruición. Desde luego que no ocurrió el hecho que ellos, hipócritamente, comentaban, aunque algunas muestras de su conducta excéntrica dieran origen al rumor.

 

La envidia la más desafortunada de todas las peculiaridades de la naturaleza humana; la persona envidiosa no sólo quiere hacer daño, y lo hace siempre que puede con impunidad, sino que ella misma se hace desgraciada a causa de la envidia. En vez de gozar de lo que tiene, sufre de lo que tienen los demás. Si se puede, los priva a todos de sus beneficios, lo cual es para él tan deseable como procurárselos para él mismo. Si se da rienda suelta a esta pasión, es fatal para toda excelencia, y aun para el ejercicio más útil de actitudes excepcionales. ¿Por qué un médico ha de ir en coche a ver a sus enfermos y un trabajador tiene que ir a pie? ¿Por qué un investigador científico trabaja con calefacción mientras que otros tienen que exponerse a las inclemencias de los elementos? ¿Por qué a un hombre que posee algún talento tan excepcional de gran importancia para el mundo se le ha dispensar del trabajo molesto de su propia casa? A estas preguntas, la envidia no encuentra respuesta. Afortunadamente, sin embargo existe en la naturaleza humana una pasión compensadora: la admiración. Quien quiera aumentar la felicidad humana, debe querer aumentar la admiración y disminuir la envidia.

 

¿Qué remedio hay contra la envidia? Para el santo, el remedio está en su propia carne, aunque entre los mismos santos no sea imposible la envidia hacia otros santos. Yo dudo qua a San Simeón, el Estilista, le hubiera gustado saber que había otro santo que había resistido más tiempo amarrado a otra columna más estrecha todavía. Pero, prescindiendo de santos, el único remedio contra la envidia, en el caso de los hombres y mujeres corrientes, es la felicidad, y la dificultad estriba en que la envidia es en sí misma un obstáculo terrible para la felicidad. Yo creo que la envidia se origina en gran parte por contratiempos en la niñez. El niño que nota preferencias por su hermano o hermana adquiere el hábito de la envidia, y cuando más tarde piensa en las injusticias de que es víctima en el mundo las percibe inmediatamente si existen, y si no, las imagina. Un hombre así es inevitablemente desgraciado y se convierte en una molestia para sus amigos, que no pueden estar siempre pendientes de desaires imaginarios. Habiendo comenzado por creer que nadie los quiere, su conducta posterior da certidumbre a sus sospechas. Otro inconveniente, que produce en la niñez los mismos resultados, es tener padres pocos afectivos. Aunque no existan preferencias en favor de uno de los hermanos, un niño puede advertir que hay otras familias en las que los hijo son más queridos por sus padres. Esto puede llevarlo a odiar a otros niños y a sus propios padres, y al hacerse mayor puede creerse un Ismael. Hay un cierto número de satisfacciones que constituyen un derecho natural de nacimiento, y los niños que se ven privados de ellas se vuelven raros y amargados.

 

Pero el hombre más envidioso se   “¿A qué conduce el decirme que el remedio contra la envidia es la felicidad? No puedo ser feliz mientras tenga envidia, y se me dice que no puedo dejar de ser envidioso hasta que sea feliz”. Pero la vida real no es tan lógica como esto. Con solo hecho de comprender las causas de la envidia se da un paso importante para curarla. El hábito de pensar por comparaciones es fatal. Cuando nos ocurre algo agradable debiéramos gozarlo plenamente, sin detenernos a pensar que no es tan agradable como algo que le puede ocurrir a algún otro. “Sí---dice el envidioso---; hoy es un día espléndido de primavera, cantan los pájaros y se abren las flores; pero la primavera de Sicilia es mil veces más hermosa, y los pájaros cantan muchísimo mejor en los campos del Helicón, y la rosa de Sharon es más hermosa que las de mi jardín”. Y pensando de este modo, el sol es más opaco, el canto de los pájaros se antoja un gorjeo sin sentido y las flores parece que no valen la pena de mirarlas. Todas las alegrías de la vida las considera con  igual criterio. “Sí---se dirá---; la elegida de mi corazón es adorable; yo la quiero, y ella me quiere, pero ¡cuanto más deliciosa debió haber sido la reina de Saba! ¡Si yo hubiera tenido la suerte de Salomón!” Tales comparaciones son inútiles y no tienen sentido; lo mismo da que la reina de Saba o una vecina nuestra sean la causa de nuestro descontento. Para el hombre discreto, lo que él tiene no deja de ser agradable porque algún otro tenga algo más. En realidad la envidia es la manifestación de un vicio moral y en parte intelectual, que consiste en no considerar nunca las cosas en sí mismas, sino en sus relaciones. Supongamos que yo gano lo suficiente para cubrir mis necesidades. Yo debería estar contento, pero me entero de que alguien, que no es superior a mí, gana un salario dos veces mayor que el que el mío. Inmediatamente, si soy de condición envidiosa, las satisfacciones que debiera tener disminuyen, y comienzo a inquietarme pensando en la injusticia.  Para esto el mejor remedio es la disciplina mental, el hábito de no pensar en cosas inútiles. Después de todo, ¿hay algo más envidiable que la felicidad? Y si yo me curo de la envidia seré feliz y, por lo tanto, envidiable. El que tiene doble salario que está seguramente disgustado, pensando que alguien tiene dos veces más que él, y así sucesivamente. Pero Napoleón envidiaba a César,  César a Alejandro, y Alejandro probablemente a Hércules, que no ha existido nunca. No podemos, pues, librarnos de la envidia con éxito, porque siempre habrá en la historia, o la leyenda, alguna persona con más éxito que nosotros. Podemos liberarnos de la envidia gozando los placeres que se nos presentan, haciendo nuestro trabajo y evitando comparaciones con personas que, tal vez equivocadamente, suponemos que son más felices que nosotros.

 

La modestia excesiva está muy relacionada con la envidia. La modestia en considerada una virtud, pero, por mi parte, yo dudo mucho que debe de aceptarse como tal en sus formas más extremas. La gente modesta necesita toda clase de seguridades, y muchas veces no se atreve a emprender tareas que pudiera realizar perfectamente. La gente modesta cree que está eclipsada por las personas con quienes se reúne habitualmente. Son muy inclinados a la envidia los modestos, y a través de la envidia, a la desgracia y a la mala voluntad. Por mi parte, creo que hay mucho que decir acerca de educar a un niño haciéndole creer que es inteligente. Yo creo que ningún pavo real envidie a otro por su cola, porque todo pavo real está convencido que su cola es la más hermosa del mundo. En consecuencia, los pavos reales son aves muy apacibles. Pensemos cuán desgraciada sería la vida de un pavo real si se le hubiera enseñado que es malo tener una buena opinión de sí mismo.  Siempre que viera a otro pavo real extendiendo su cola se diría:”Yo no puedo creer que mi cola sea mejor que aquélla, porque eso sería orgullo; pero ¡cuánto me gustaría que lo fuera! ¡Ese antipático está convencido de su magnificencia! ¡Si ele pudiera quitar alguna de sus plumas! Entonces ya no podría soportar la comparación conmigo”. O quizá le pusiera un lazo para demostrarle que era un mal pavo real indigno de pertenecer a su clase, y lo denunciara en la asamblea. Gradualmente, establecería el principio de que los pavos reales con colas especialmente finas eran casi siempre malos bichos, y que el gobernante en el reino de los pavos reales debiera favorecer a los que tuvieran unas pocas plumas caídas en la cola. Una vez aceptado este principio, haría matar a los pavos reales más hermosos, y ya no quedaría de la colas espléndidas otra cosa que un oscuro recuerdo histórico. Tal es la victoria de la envidia, disfrazada de moralidad. Pero donde todo pavo real se cree tan espléndido como los demás, no hay necesidad de esta represión. Cada pavo real espera ganar el primer premio en la competencia, y cada uno, al admirar a su compañero, cree que ha triunfado.

 

La envidia, naturalmente, está muy relacionada con la competencia. Nos se nos ocurre envidiar una fortuna, que desgraciadamente, no se encuentra a nuestro alcance. En las épocas que la jerarquía social es inmutable, las clases bajas no envidian a las altas, pues la división entre pobres y ricos ha sido dispuesta por Dios. Los mendigos no envidian a los millonarios, aunque envidien, naturalmente, a otros mendigos con más éxito. La inestabilidad del estado social en el mundo moderno y las doctrinas igualitarias de socialismo y democracia han aumentado grandemente la esfera de actividad de la envidia. Por el momento esto es un mal, pero es un mal que hay que tolerar para llegar a un sistema social más justo. En cuanto se piensa razonablemente acerca de las desigualdades, se comprende que son injustas, a menos que se funden en la superioridad del mérito. Y tan pronto como se comprende que son injustas, no hay solución para la envidia consiguiente, fuera de la supresión de la injusticia. En nuestra época la envidia desempeña un papel muy importante. El pobre envidia al rico, las naciones pobres a las que no lo son, las mujeres envidian a los hombres y las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, permanecen impunes. Aunque es cierto que la envidia es el principal promotor de la justicia entre los sexos, clases y naciones, no es menos cierto que la justicia que pudiera esperarse como resultado de la envidia es probablemente de la peor especie, pues consiste más bien en disminuir los placeres de los afortunados, que aumentar los de los infelices. Las pasiones que producen estragos en la vida privada arruinan también la vida pública. No hay que esperar que algo tan malo como la envidia produzca buenos resultados. Por lo tanto, los que por razones idealistas desean profundos cambios en nuestro sistema social y un gran aumento de la justicia, deben aspirar a que fuerzas distintas de la envidia sean las productoras de las nuevas trasformaciones.

 

Todas las cosas malas esta relacionadas entre sí, y cualquiera de ellas está expuesta a producir otra; la fatiga, de modo especial es, con mucha frecuencia, la causa de la envidia. Cuando un hombre se siente inadaptado para con el trabajo que ha de realizar, siente un descontento general, que puede fácilmente convertirse en envidia hacia aquellos cuyo trabajo es menos difícil. Uno de los procedimientos, pues, para disminuir la envidia es disminuir la fatiga. Pero lo que es definitivamente importante es el asegurar una vida satisfactoria para el instinto. Muchas envidias que parecen puramente profesionales son de origen sexual. El que es feliz en su matrimonio y con sus hijos, no es posible que envidie mucho a otros hombres por su riqueza  o por sus éxitos, mientras tenga lo suficiente para educar a sus hijos a su gusto. Las cosas esenciales para la felicidad humana son sencillas, tan sencillas que las personas complicadas no pueden sospechar qué es lo que realmente les falta a ellas. Las mujeres de que hablábamos, envidiosas de toda mujer bien vestida, no son seguramente felices en su vida instintiva. La felicidad instintiva es rara en el mundo de habla inglesa, especialmente entre las mujeres. En este aspecto parece que la civilización se ha equivocado de camino. Si es preciso disminuir la envidia, hay que encontrar los medios de remediar este estado de cosas, y si no se encuentran, nuestra civilización está en peligro de ser destruida en una orgía de odio. En épocas antiguas, no odiaba más que a sus vecinos, porque apenas conocía a nadie más. Con la educación actual y con la prensa se sabe de una manera abstracta acerca de de grandes masas humanas, con las que no tenemos relación individual. A través de películas, la gente cree que sabe cómo vive el rico; a través de los periódicos se entera de la perversidad de las naciones extranjeras; a través de propaganda las prácticas nefandas de los que tienen la piel pigmentada de  manera distinta que la suya. Los amarillos odian a los blancos, los blancos odian a los negros y así por el estilo. Se dirá que todo odio es producido por la propaganda; pero ésta es una explicación superficial. ¿Por qué la propaganda tiene mucho más éxito cuando predica el odio que cuando intenta producir sentimientos de amistad? La razón clara es que el corazón humano, tal como lo ha formado la civilización moderna, está más inclinado al odio porque está insatisfecho, porque siente de manera profunda, aunque tal vez de manera inconsciente que ha perdido en cierto modo el sentido de la vida, que quizá otros, que somos nosotros,  se han apropiado de las cosas buenas que la naturaleza produce para el placer del hombre. La suma positiva de placeres de la vida moderna del hombre es indudablemente más grande que en las comunidades primitivas; pero la conciencia de las posibilidades ha aumentado todavía más.  Siempre que se le ocurre a uno llevar a su hijo al jardín zoológico, se puede observar en los ojos de los monos----cuando no hacen gimnasia o cascan nueces---- una extraña tristeza. Uno llega a imaginar que los monos quisieran ser hombres, pero que no pueden descubrir el secreto para llegar a conseguirlo. En el secreto evolutivo han perdido el camino; sus parientes siguieron adelante los han dejado atrás. Parece que algo de esta tensión y de esta angustia ha penetrado en el alma del hombre civilizado. Sabe que hay algo mejor que él mismo casi al alcance de su mano; pero no sabe cómo ni dónde ir a buscarlo. Desesperado, se lanza contra hombres, compañeros suyos, que están igualmente descarriados y son igualmente infelices. Hemos llegado a un periodo de la evolución que no es la etapa final. Debemos pasarlo rápidamente, porque, de lo contrario, la mayor parte de nosotros perecerá en el camino, y los demás quedarán perdidos en un bosque de miedos y de dudas. La envidia, pues, deplorable como es y terrible en sus efectos, no es todo el mal. Es, en parte, la expresión de un  dolor heroico, el dolor de quienes caminan en la noche a ciegas, quizá hacia la muerte y la destrucción.                 Para encontrar el camino fuera de esa desesperación, el hombre debe ensanchar su corazón, como ha ensanchado su cerebro. Debe aprender a trascenderse a sí mismo y, al hacerlo, a adquirir la libertad del universo.

 

El Concepto del Pecado

 Capítulo VII

12 de junio de 2010

 

En el capítulo primero dijimos algo acerca del concepto del pecado; pero ahora queremos insistir más detenidamente, por ser una de las causas  psicológicas de desgracia más importantes de la vida adulta.

 

Hay una psicología religiosa, tradicional, del pecado, que ningún psicólogo moderno puede aceptar. Se suponía, especialmente por los protestantes, que la conciencia revela al hombre cuándo un acto es pecaminoso y constituye una tentación, por lo que una vez cometido el acto, se puede experimentar una de las dos sensaciones aflictivas: o la llamada “remordimiento”, que no tiene mérito alguno, o la llamada “arrepentimiento”, que tiene la virtud de extirpar el pecado. En las regiones protestantes, inclusive muchos de los que perdieron su fe, continuaron durante cierto tiempo aceptando, con mayores o menores modificaciones, el concepto ortodoxo del pecado. En nuestros días, merced en parte al psicoanálisis, sucede lo contrario; no solamente los heterodoxos rechazan la antigua doctrina del pecado, sino que muchos que se consideran ortodoxos hacen lo mismo. La conciencia ha dejado de ser algo misterioso, que, por serlo, podía ser considerada como la voz de Dios. Sabemos que la conciencia ordena actuar de manera distinta en diferentes partes del mundo, y que, de un modo general, suele estar de acuerdo con las costumbres raciales. ¿Qué es, pues, lo que ocurre realmente cuando la conciencia le remuerde al hombre?

 

La palabra conciencia encierra sentidos diferentes, el más sencillo de los cuales es el temor a ser descubierto. Estoy seguro de que tú, lector, has vivido una vida perfectamente honorable; pero si preguntas a alguien que haya actuado de manera que sería castigado si fuera descubierto, notarás que cuando el descubrimiento es inminente, la persona en cuestión se arrepiente de su crimen. No creo que esto pueda afirmarse del ladrón profesional, que cuenta con algún tiempo en la cárcel como riesgo de su profesión; pero sí de lo que pudiéramos llamar “delincuente respetable”, como el director de un banco, que comete un desfalco en un momento de apuro, o del clérigo que cae en la tentación del pecado carnal. Estos hombres pueden olvidar su crimen mientras parece que no hay peligro de ser descubiertos; pero cuando se les descubre o están en peligro inminente de ello, quisieran haber sido más virtuosos, y adquieren la percepción clara de la enormidad de su pecado. Muy relacionado con esto se halla el miedo a perder su fama. El que hace trampas en el juego o no paga sus deudas de honor no tiene fuerza alguna para oponerse a la desaprobación general cuando se le descubre. En ello se diferencia del innovador religioso, del anarquista y del revolucionario, todos los cuales creen que cualquiera que sea su destino actual, el porvenir es suyo y ha de honrarles tanto como se les odia en el presente. Tales hombres, a pesar de la hostilidad de la multitud, no se sienten culpables; pero quien acepta por completo la moralidad social y actúa contra ella, se siente muy desgraciado al desprestigiarse, y el miedo a este desastre o dolor que le produce su aparición, pueden ocasionar fácilmente el que considere sus actos como pecaminosos.

 

Pero el concepto del pecado en sus formas más importantes es algo más profundo. Es algo que tiene su raíz en lo inconsciente y que no aparece a la conciencia como el miedo al desprestigio. Hay en la conciencia ciertos actos con el rótulo de pecado, sin razón visible para la introspección. Cuando un hombre comete tales actos, se siente a disgusto, sin saber por qué. Quisiera ser uno de los que pueden abstenerse de lo que consideran pecado. Admira moralmente sólo a quienes cree puros de corazón. Reconoce, con mayor o menor sentimiento, que no pueda ser santo, porque su concepción de la santidad no podría realizarse probablemente en una vida corriente. En consecuencia, va por la vida creyéndose culpable, convencido de que lo mejor no se ha hecho para él, y de que sus mejores momentos son aquello en los que se entrega a la penitencia.

 

La raíz de esto, en casi todos los casos, se halla en la enseñanza moral que recibe el hombre antes de los seis años en las faldas de su madre o de su nodriza. Aprendió que no se debe jurar y que se debe emplear un lenguaje muy pulcro; que sólo los hombres malos beben, y que el tabaco es incompatible con la más alta virtud. Aprendió que no se debe mentir nunca. Y aprendió sobre todo que el interés por las cosas sexuales es una abominación. Todo esto lo aprendió por su madre como si lo hubiera recibido del mismo Dios. El mayor placer de su vida era que su madre lo tratara con cariño, o su nodriza, y ello solo podía conseguirse cuando estaban convencidas de que no había faltado al código moral. Así, pues, toda conducta que su madre o su nodriza desaprobaban, a él le parecía horrible. Gradualmente, al hacerse mayor, se olvidó de dónde procedía ese código moral y cuál era el castigo que se le daba por faltar a él, pero no por eso abandonó el código moral, ni dejó de seguir creyendo que algo terrible podía ocurrir si lo infringía.

 

Una gran parte de esta enseñanza moral infantil está desprovista de fundamentos racionales, y no puede  ser aplicada a la conducta habitual de los hombres corrientes. Un hombre que emplea lo que se llama “mal lenguaje”, no es, desde un punto de vista racional, peor que quien no lo emplea. Sin embargo, casi todo el mundo, al imaginarse a un santo, le parecerá esencial que no tuviese la costumbre de utilizar este lenguaje. Lo mismo puede decirse del alcohol y del tabaco. Con respecto al alcohol, nadie tiene recelos contra él en las regiones del sur, y no sería pensar lo contrario, ya que Nuestro Señor y los Apóstoles bebieron vino. En cuanto al tabaco, es más fácil sostener una posición negativa, puesto que todos los grandes santos vivieron antes del que tabaco fuera conocido. Pero tampoco aquí hay un argumento racional. La suposición de que ningún santo fume está fundada, en último término, en la posibilidad de que ningún santo haga cosa alguna sólo por el placer que le proporcione. Este elemento ascético en la moralidad corriente ha llegado a ser casi inconsciente, pero opera en todos los aspectos que hacen irracional nuestro código moral. En una ética racional debiera ser laudable proporcionar una satisfacción a cualquiera, sin excluir a uno mismo, siempre que no haya una molestia equivalente para uno mismo o para los demás. El hombre virtuoso ideal, si nos hubiéramos liberado del ascetismo, sería el que se permitiese gozar de todas las cosas buenas, siempre que no produjeran un mal mayor que el goce. Hablemos nuevamente de la mentira. Yo no niego que se miente demasiado en el mundo, y que sería preferible para todos que aumentase la veracidad; pero tampoco niego, como cualquier persona razonable que la mentira se justifica algunas veces. En cierta ocasión me paseaba por el campo y vi una zorra que estaba rendida y hacía un último esfuerzo por seguir corriendo. Pocos minutos después aparecían los cazadores, me preguntaban si había visto la zorra, y les contesté afirmativamente. Me volvieron a preguntar la dirección que había tomado, y yo les mentí. No creo que me hubiera portado mejor diciéndoles la verdad.

 

Pero donde más daño produce la enseñanza moral infantil es en la cuestión sexual. Si un niño recibe la educación convencional de nodrizas o de padres rígidos, la relación entre el pecado y los órganos sexuales se establece definitivamente a los seis años de edad que ya no se puede deshacer por completo en el resto de la vida. Este sentimiento se refuerza, naturalmente, con el complejo de Edipo, pues con la mujer más amada en la niñez, es imposible toda clase de libertades sexuales. El resultado es que muchos hombres adultos creen que la mujer está degradada por el sexo, y no pueden respetar a la mujer propia, a menos que le repugne el intercambio sexual. Pero el hombre cuya mujer es fría, buscará instintivamente satisfacción en otra parte. Mas su satisfacción instintiva, si la encuentra momentáneamente, estará envenenada por la sanción del pecado, de manera que no podrá ser feliz en ninguna relación con ninguna mujer, ni en el matrimonio ni fuera de él. A la mujer le ocurre lo propio si se le ha aconsejado enfáticamente ser lo que se llama “pura”. Instintivamente se retrae en sus relaciones con su marido. Actualmente, sin embargo, esto es mucho menos frecuente en las mujeres que hace cincuenta años. Y diría que hoy, entre la gente educada, la vida sexual de los hombres está más amargada por el sentido del pecado que la de las mujeres.

 

Hoy la gente comienza a estar mucho más enterada ---aunque no haya trascendido a las autoridades públicas--- de los defectos de la educación sexual tradicional de los niños. La verdadera regla es muy sencilla: hasta que el niño esté próximo a la pubertad, no hay que enseñarle moralidad sexual alguna, y hay que evitar el que crea que las funciones naturales del cuerpo son repugnantes. Cuando se aproxime la época en que sea necesaria la instrucción moral, asegurémonos de que es razonable, y de que podemos apoyar cuanto digamos en razones sólidas. Pero en este libro no pretendo hablar de educación; en este libro quiero hablar de lo que debe hacer el adulto para reducir al mínimo los malos efectos de una educación imprudente con su irracional concepto del pecado.

 

El problema es el mismo que hemos afrontado en capítulos anteriores, o sea, el de obligar al inconsciente a que se entere de las creencias razonables que gobiernan nuestro pensamiento consciente. Los hombres no deben dejarse dominar por sus humores, creyendo tan pronto una cosa como otra. El sentido del pecado se agudiza especialmente en momentos en que lo consciente se debilita por cansancio, por enfermedad, por la bebida o por cualquier otro motivo. Lo que el hombre cree en esos momentos (exceptuando los de la embriaguez), se imagina que es una revelación de su inteligencia… “Si el diablo enfermara, sería santo”. Pero es absurdo suponer que en los momentos de debilidad se tiene mayor penetración  que en los momentos de vigor. En los momentos de debilidad es difícil resistir a sugestiones infantiles; pero no hay razón alguna para considerar preferibles dichas sugestiones a las creencias del hombre adulto en plena posesión de sus facultades. Muy al contrario, lo que cree el hombre deliberadamente, en pleno dominio de sus facultades, debiera ser la norma de sus creencias en todo tiempo. Es perfectamente posible vencer las sugestiones infantiles de lo inconsciente, empleando una técnica adecuada. Siempre que comencemos a sentir remordimiento por un acto que nuestra razón nos indique que no es malo, examinemos la causa de nuestra sensación y aprendamos a descubrir que ese sentimiento es, en esencia, absurdo. Hagamos que nuestra ideas conscientes sean tan vivas y firmes que impresionen a nuestro inconsciente lo bastante para luchar contra las impresiones que nuestra madre o nuestra nodriza nos dejaron en la infancia. No nos conformemos con una alternativa de momentos de racionalidad e irracionalidad. Examinemos detenidamente lo irrazonable, decididos a no respetarlo, y no permitamos que nos domine; siempre que advirtamos en nuestro inconsciente pensamientos o sentimientos absurdos, examinemos su raíz y desechémoslos. No consintamos en seguir siendo criaturas infelices, influidas unas veces por la razón y otras por fatuidades infantiles. No nos asuste la irreverencia hacia los que nos guiaron en la niñez. Entonces nos parecían fuertes y discretos, porque éramos débiles e infantiles; ahora, que no somos lo uno ni lo otro, debemos analizar su aparente vigor y discreción, y decidir si merecen la reverencia que le hemos concedido por la fuerza de costumbre. Preguntémonos seriamente si el mundo es mejor gracias a la enseñanza moral tradicional que se da a la juventud. Pensemos en la cantidad de supersticiones positivas que contribuyen a la formación convencional de un hombre virtuoso, y pensemos en que mientras todos los peligros imaginarios fueran defendidos por prohibiciones increíblemente fútiles, no se llegarían a mencionar siquiera los verdaderos peligros morales. ¿Cuáles son las acciones verdaderamente perniciosas a que están la mayor parte de los hombres? La práctica astuta de los negocios que no castiga la ley, la crueldad de los hombres con la mujer y los hijos, la malevolencia de los competidores, la ferocidad en los conflictos políticos, estos son los pecados verdaderamente perniciosos que son corrientes en los ciudadanos respetables y respetados. Por medio de estos pecados el hombre extiende la miseria a su alrededor y contribuye a destruir la civilización. Sin embargo, nada de eso le hace, al sentirse enfermo, creerse un réprobo que ha perdido todo derecho a la piedad divina. No es esto lo que produce pesadillas nocturnas en la que se le aparece su madre dirigiéndole miradas de reproche. ¿Por qué su moralidad subconsciente está tan divorciada de la razón?...Porque la ética profesada por los que dirigieron en su infancia era estúpida, porque no se fundaba en ningún estudio de los deberes del individuo para con la sociedad, porque estaba formada por antiguos resabios de tabús irracionales y porque contenía en su interior elementos morbosos derivados de la enfermedad espiritual que atormentó al moribundo Imperio Romano. Nuestra moralidad nominal ha sido formulada por curas y por mujeres esclavizadas mentalmente. Ya es hora de que los hombres que han de intervenir en la vida normal del mundo comiencen a rebelarse contra la necedad enfermiza.

 

Pero si la rebelión ha de producir la felicidad individual y ha de capacitar al hombre para vivir constantemente con una norma y no vacilar entre dos, es necesario que piense y sienta profundamente lo que su razón le dicta. Muchas personas, cuando se han desprendido superficialmente de las supersticiones de la niñez, creen que no les queda nada por hacer. No se dan cuenta de que las supersticiones acechan en el fondo todavía. Cuando se ha llegado a una convicción racional es preciso afirmarla, aceptar sus consecuencias, buscar interiormente las ideas que pudieran sobrevenir en desacuerdo con las nuevas convicciones, y cuando vuelve a aparecer y a fortalecerse el sentido del pecado, no creer en él es como una revelación y un llamamiento a cosas más altas, y no como una enfermedad y una flaqueza, a menos que sea originada por algún acto que la ética racional condenaría. No quiero dar a entender que el hombre debería carecer de moralidad; lo único que quiero decir es que no debiera tener una moralidad supersticiosa, lo cual es completamente distinto.

 

Pero aun en el caso de que un hombre falte a su propio código moral, yo dudo de que el sentido del pecado sea el mejor método para llegar a hacer una vida mejor. Hay en el sentido del pecado algo de abyecto, algo de falta de respeto a sí mismo. El hombre razonable considerara sus propios actos indeseables de igual modo que los de los demás, como actos producidos por determinadas circunstancias, y que pueden evitarse, o por la comprensión plena de que son indeseables, o cuando ello sea posible, evitando las circunstancias que los originaron. No cabe duda de que el sentido del pecado, en vez de ser causa de una vida recomendable, es precisamente todo lo contrario. Hace al hombre desgraciado y lo obliga a sentirse inferior. Al ser desgraciado está predispuesto a quejarse con exceso de otras personas, y con ello se incapacita para gozar del placer de las relaciones personales. Al sentirse inferior sentirá recelos contra los que cree superiores. Admirará con dificultad y envidiara fácilmente. Se convertirá en una persona más bien desagradable, y se encontrara cada vez mas solitario, una actitud generosa y expansiva hacia la gente no es solo agradable para los demás, sino que es una inmensa fuerza de felicidad para su poseedor, puesto que lo hace ser querido por todos, pero esta actitud es muy difícil para quien esta atormentado por su concepto del pecado. Es un resultado del equilibrio y de la confianza en sí mismo; requiere lo que puede llamarse integridad mental, entendiendo por ella que los diversos estratos de la naturaleza humana, lo consciente, lo subconsciente y lo inconsciente, trabajen juntos en armonía en vez de estar entregados a perpetua guerra. En muchos casos es posible producir tal armonía por una educación adecuada; pero cuando la educación ha sido defectuosa, el proceso es más difícil. Este es el proceso ensayado por los psicoanalistas, pero yo creo que la inmensa mayoría de los casos el paciente puede realizar por sí mismo el trabajo que solo en algunos casos extremos requiere la ayuda de un medico. No digamos: “Yo no tengo tiempo para dedicarme a esos trabajos psicológicos; mi vida está muy ocupada en otros asuntos y no tengo más remedio que abandonar a mi inconsciente con sus tretas”. Nada disminuye tanto, no solo la felicidad, sino la eficiencia, como una personalidad dividida contra sí misma. El tiempo empleado en concertar la armonía entre las diferentes partes de la propia personalidad, es un tiempo útilmente empleado. No quiero decir que se debiera dedicar una hora diaria, por ejemplo, a estudiarse a sí mismo. A mi entender, éste no es en modo alguno el mejor método, puesto que aumenta la concentración, la cual es una parte de la enfermedad que hay que curar; pues una personalidad armoniosa se proyecta hacia el exterior. Lo que sí quiero decir es que se debiera reflexionar acerca de lo que se cree racionalmente, y no permitir que ideas contrarias, irracionales, se alojen en nosotros, aunque sea brevemente. Hay que razonar consigo mismo en los momentos en que uno se inclina al infantilismo, y el razonamiento, si es enérgico, debe ser breve.

 

Hay muchas personas que desdeñan la racionalidad, y lo que acabo de decir les parecerá desatinado y sin importancia. Existe la idea de que la racionalidad, si se deja libre, mata las emociones más profundas. Esta creencia me parece que se debe a un concepto completamente equivocado de las funciones de la razón en la vida humana. No corresponde a la razón el engendrar emociones, y una parte de su función debiera ser encontrar la manera de evitarlas cuando son un obstáculo al bienestar. Una parte de las funciones de la psicología racional es encontrar procedimientos para disminuir el odio y la envidia. Pero es equivocado suponer que al disminuir estas pasiones disminuiremos al propio tiempo la intensidad de las pasiones que la razón no condena. En el amor apasionado, en el cariño paternal, en la amistad, en la benevolencia, en la devoción por el arte y por la ciencia, la razón no quiere quitar nada. El hombre racional, cuando siente una o todas esas emociones, se alegra de sentirlas y no hace nada para disminuir su intensidad, porque todas estas emociones son partes de la vida buena, de la vida que procura la felicidad propia y la felicidad ajena. Las pasiones en sí mismas no son racionales, y mucha gente irracional siente tan solo las pasiones más insignificantes. No hay que temer que la vida sea triste al hacerse racional. Por el contrario, como la racionalidad consiste, fundamentalmente, en la armonía interna, el hombre que la consigue es más libre en la contemplación del mundo y en el empleo de sus energías para la acción externa que quien está constantemente preocupado por conflictos exteriores. Nada es tan triste como encerrarse dentro de uno mismo; nada tan exultante como dirigir la atención y la energía al exterior. Nuestra moralidad tradicional ha sido excesivamente concentrada, y el concepto del pecado forma parte de este inmoderado enfoque de la atención hacia sí mismo. Para los que nunca han ido más allá de los puntos de vista subjetivos a causa de esta moralidad defectuosa, la razón puede ser innecesaria. Pero para quienes han adquirido una vez la enfermedad, la razón es necesaria para efectuar la cura. Y quizá sea la enfermedad una etapa necesaria en el desarrollo mental. Yo me inclino a creer que el hombre que ha vencido con la ayuda de la razón, ha llegado a un nivel más alto que quien no ha tenido la experiencia de la enfermedad ni de la cura. El odio a la razón que es corriente a nuestra época es debido en gran parte al hecho de que los actos de la razón no se conciben de una manera fundamental. El hombre, dividido contra sí mismo, busca emoción y distracción; busca pasiones fuertes, no por razones sólidas, sino porque de momento lo sacan de sí mismo y le evitan la necesidad dolora de pensar. Toda pasión para él es una forma de intoxicación, y como no cree en la felicidad fundamental, el único remedio posible de dolor está en la intoxicación, y esto es el síntoma de una enfermedad profunda. Cuando tal enfermedad no existe, la mayor felicidad es una consecuencia de la posesión absoluta de las propias facultades. Los goces más intensos se experimentan cuando el cerebro está más activo y se olvidan menos cosas. Esta es una de las mayores piedras de toque de la felicidad. La felicidad que se alimente de una intoxicación cualquiera es espuria y no satisfactoria. La felicidad que satisface plenamente va acompañada del pleno ejercicio de nuestras facultades y de la total verificación del mundo en que vivimos.

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