Leer comentario de Alejandro Gamero

 

La felicidad no debería constituir un fin por si misma; pero si se quiere llevar una vida feliz, habrá que atarla a una meta y no a personas o a cosas. -Albert Einstein.

 

La conquista de la felicidad.

 

Por Bertrand Russell

 

Prólogo

 

Este libro no se escribe para los cultos ni para quienes creen que no deben hablar sino de problemas prácticos.

 

En las páginas que siguen no se encontrará profunda filosofía ni concienzuda erudición. Mi propósito es hacer algunas observaciones que me parecen inspiradas por el sentido común. Todo el mérito que atribuyo a las recetas que ofrezco al lector consiste en que están confirmadas por mi propia observación y experiencia, y en que han aumentado mi propia felicidad, siempre que he procedido de acuerdo con ellas. Por tanto, me atrevo a esperar que algunos de los muchos hombres y mujeres que son desgraciados, sin quererlo, encuentren su situación diagnosticada y sugerido el método de escape.

 

He escrito este libro en la creencia de que mucha gente desgraciada puede ser feliz mediante un esfuerzo hábilmente dirigido.

 

Primera parte: Causas de la desgracia.

 

Capitulo 1

 

¿Por qué es desgraciada la gente?

 

Los animales son felices siempre que tienen salud y comida suficiente. Parece que a los seres humanos les debiera ocurrir lo propio; pero en el mundo moderno no es así, por lo menos en la mayor parte de los casos. Quien sea desgraciado estará dispuesto a admitir que no constituye un caso excepcional. Quien sea feliz pregúntese cuantos amigos suyos lo son. Y, después de pasar revista a sus amigos, estudie el arte de leer las expresiones de sus caras, tome nota de los humores de quienes encuentra en el curso de un día corriente.

 

En todas las caras que me encuentro, veo huellas de flaqueza y de dolor, dice Blake. Varía la calidad, pero la desgracia se nos presenta en todas partes. Trasladémonos a Nueva York, la más típicamente moderna de las grandes ciudades. Situémonos en una calle concurrida durante las horas de trabajo, o en un baile al atardecer; despojémonos de nuestro propio yo y dejemos que personas extrañas tomen posesión de nosotros, una tras otra. Notaremos que cada una tiene su preocupación. En la muchedumbre, a las horas de trabajo, veremos ansiedad, concentración excesiva, mala digestión, falta de interés en lo que no sea lucha, incapacidad de divertirse, inconciencia de las personas que le rodean. En una carretera de importancia veremos, un fin de semana, hombres y mujeres de buena posición, y algunos muy ricos, todos decididos a divertirse.

 

La marcha tiene que ser uniforme a la del coche más lento en esta procesión; es imposible ver la carretera llena de coches, ni el paisaje, pues el mirar a los lados puede ocasionar un accidente; todos los automovilistas están obsesionados por el deseo de pasar a los otros coches, cosa imposible a causa de su numero; y si no tienen esta preocupación, lo cual suele ocurrir a los que no conducen, un aburrimiento enorme se apodera de ellos, reflejándose en las caras de fastidio. Alguna vez aparece un coche cargado de negros, que efectivamente se divierten, pero que producen indignación por su conducta excéntrica y que acaban en manos de la policía, por cualquier accidente: es ilegal divertirse en día de fiesta.

 

O si no, observemos a la gente en una reunión. Todos van decididos a divertirse, con la misma decisión con la que uno se resigna a no desesperarse en la sala de espera de un dentista. Como se dice que la bebida y las caricias son las puertas de la alegría, la gente se embriaga inmediatamente y procura no darse cuenta de lo mucho que le molestan sus compañeros. Cuando han bebido más de la cuenta, los hombres comienzan a llorar y a lamentarse de lo indignos que son del cariño de sus madres. Todo lo que consiguen con el alcohol es librarse de la sensación del pecado, cosa que la razón consigue en los momentos más lúcidos.

 

Las razones de estas distintas clases de desgracia se hallan, en parte, en el sistema social y, en parte, en la psicología individual –que es, naturalmente, en una proporción considerable, un producto del sistema social-. Antes de ahora, he escrito acerca de las transformaciones que son necesarias en el sistema social para promover la felicidad. No es mi propósito hablar en este libro de la abolición de la guerra, de la explotación económica, de la educación en el miedo y en la crueldad. Es una necesidad vital de nuestra civilización el descubrir un sistema que evite las guerras; pero no hay posibilidad de tal sistema mientras los hombres sean tan desgraciados que el exterminio mutuo les parezca menos horrendo que el soportar constantemente la luz del día. Es necesario impedir la perpetuación de la pobreza y hacer que los beneficios de la producción maquinizada vayan en gran parte a quienes más lo necesitan; pero, ¿de qué sirve que todos sean ricos, si hasta los ricos son desgraciados? La educación en la crueldad y en el miedo es mala, pero es la única que puede darse por quienes son esclavos de esas pasiones. Y esto nos lleva al problema individual. ¿Qué pueden hacer ahora un hombre y una mujer en medio de nuestra sociedad nostálgica para conseguir la felicidad? Al discutir el problema me fijaré tan sólo en las personas que no están sujetas a una extrema miseria. Supondré que tienen los ingresos suficientes para procurarse casa y comida y la salud necesaria para dedicarse a todas las actividades corporales corrientes.

 

No tendré en cuenta las grandes catástrofes, como la pérdida de un hijo, o las calamidades públicas. Hay mucho y muy importante que decir de esto, pero pertenece a un orden de cosas distinto al que ahora me interesa. Mi propósito es sugerir una cura para la infelicidad corriente, de la que actualmente sufre la mayoría de la gente en los países civilizados, y que es tanto más insufrible cuanto que, por no obedecer a causa externa manifiesta, se presenta como inevitable. Yo creo que esta infelicidad es debida en gran parte a ideas erróneas, a una ética y a unos hábitos de vida equivocados, que conducen a la destrucción del impulso y del deseo natural de las cosas posibles, de las que depende en definitiva toda felicidad de hombres y animales. Son cuestiones que están dentro de las posibilidades individuales, y yo me propongo sugerir los cambios mediante los cuales puede conseguirse la felicidad, supuesta una posición económica corriente.

 

Tal vez sean la mejor introducción a la filosofía que preconizo unas breves palabras autobiográficas. Yo no nací dichoso. De niño, mi himno favorito era: Cansado del mundo y con el peso de mis pecados. A los cinco años yo pensaba que si había que vivir setenta no había pasado aún más que la catorceava parte de mi vida, y me parecía casi insoportable la enorme cantidad de aburrimiento que me aguardaba. En la adolescencia, la vida me era odiosa y estaba continuamente al borde del suicidio, del cual me libré gracias al deseo de saber más matemáticas. Hoy, por el contrario, gusto de la vida, y casi estoy por decir que cada año que pasa la encuentro más gustosa. Esto debido en parte a haber descubierto cuáles eran las cosas que deseaba más y haber adquirido gradualmente muchas de ellas. En parte es debido también a haberme desprendido, felizmente, de ciertos deseos (la adquisición de conocimiento indudable acerca de algo) como esencialmente inasequibles. Pero en la mayor parte se debe a que cada día es menor la preocupación acerca de mi mismo. Como otros que recibieron educación puritana, yo tenía la costumbre de meditar acerca de mis pecados, mis extravagancias y mis defectos. Yo me creía -seguramente con justicia- un ejemplar miserable. Gradualmente me acostumbre a ser indiferente para conmigo mismo y para mis faltas, y llegue a concentrar cada vez más mi atención en objetos externos: la situación del mundo, las diversas ramas del conocimiento, las personas que me eran agradables. Es verdad que las preocupaciones exteriores traen su posibilidad de dolor; el mundo puede hundirse en una guerra, ciertas clases de conocimientos pueden ser difíciles de alcanzar, los amigos se pueden morir.

 

Pero esta clase de dolores no destruye la calidad esencial de vida como los que se producen del disgusto consigo mismo. Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés permanece activo, nos previene por completo contra el tedio. El interés por uno mismo, al contrario, no conduce a ninguna actividad progresiva. Puede llevarnos a escribir un diario, a caer en el psicoanálisis, o tal vez meterse de frailes. Pero el fraile no será feliz hasta que la rutina del monasterio le aya hecho olvidar su propia alma. La felicidad que él atribuye a la religión, la pudo haber obtenido haciéndose barrendero, siempre que se obligara a serlo durante toda su vida. La disciplina externa es el único camino que puede seguir  hacia ala felicidad esos infortunados, cuya adsorción en sí mismos es demasiado profunda para que pueda curarse de otro modo. La introspección puede ser de varias clases. Podemos señalar al pecador, al narcisista y al megalómano como tres tipos muy corrientes.

 

Al hablar del pecador no quiero fijarme en el comete pecados, pecados los comete todo el mundo o no los comete nadie, según nuestra definición de la palabra. Quiero que se entienda como pecador el hombre que está absorto de la conciencia del pecado. Este hombre está perpetua contradicción consigo mismo, contradicción que, si es religioso, la interpreta como desaprobación divina. Tiene ante sí la imagen de lo que debiera ser, y esta imagen está en constante desacuerdo con el conocimiento real de sí mismo. Si en su pensamiento consiente ha rechazado las máximas que le enseñó su madre en la niñez, su sentido del pecado puede estar muy oculto en su inconsciente y salir ala superficie cuando está dormido o embriagado. Sin embargo, ello puede ser suficiente para quitarle el sabor de todo. En el fondo todavía acepta las prohibiciones que le enseñaron el su infancia. La blasfemia es mala, el deber es malo, la astucia en los asuntos corrientes es mala, y sobre todas las cosas, el sexo es nefasto. No se obtiene, naturalmente, de osos placeres, pero todos están amargados por la sensación de que le degradan. El único placer que desea con todo su corazón es el que su madre lo acaricie, aprobando su conducta, lo que es un recuerdo de sus experiencias infantiles. Como este placer ya no le es asequible, cree que nada tiene importancia, y propuesto que tiene que pecar, decide pecar intensamente. Cuando se enamora aspira ala ternura maternal, pero no puede aceptarla, porque, a causa de la imagen de su madre, no siente respeto por ninguna mujer  con la que tiene relaciones sexuales. Entonces, desilusionado, se hace cruel, se arrepiente de su crueldad y comienza de nuevo su tristeza giro de pecado imaginario y remordimiento real. Tal es la psicología de muchos pecadores empedernidos. Lo que los descarría es la devoción a un objeto inasequible (la madre es un sustituto maternal), al mismo tiempo que la inculcación, en los primeros años infantiles, de un código ético ridículo. La liberación de la tiranía de las creencias y afectos primeros es el primer paso hacia la felicidad de esas víctimas de la virtud maternal.

 

 

El narcisismo es, en cierto sentido, lo opuesto al habitual sentido del pecado, consiste en hábito de admirarse y desear ser admirado. Hasta cierto punto, esto es, desde luego, normal, y no hay que censurarlo, solamente cuando es excesivo se convierte en un daño grave. En algunas mujeres, especialmente entre las ricas, la capacidad de enamorarse está completamente agotada y se sustituye por un deseo vehemente de que todos los hombres se enamoren de ellas. Cuando una mujer de ese tipo está segura de que un hombre la ama, ya no tiene interés para ella. Lo mismo ocurre, aunque con menos frecuencia, entre los hombre; el ejemplo clásico es el protagonista de Liaisons Dangereuses. Cuando se lleva la vanidad hasta ese punto, no hay verdadero interés por ninguna otra persona y, por lo tanto, no puede obtenerse del amor satisfacción alguna. Otro del interés  fracasa más ruidosamente todavía. Un narcisista, por ejemplo, seducido por un homenaje rendido a los grandes pintores, puede estudiar arte; pero como la pintura no es para él otra cosa que el medio para conseguir un fin, la técnica no llega a interesarle nunca, y no puede ver ningún tema sino en relación consigo mismo. La consecuencia es el fracaso y desencanto, con el ridículo en vez de la esperada adulación. Lo mismo puede decirse de las novelistas que se idealizan siempre en sus novelas como heroínas de la misma. Todo el éxito serio en un trabajo depende de un interés genuino por el material con el que el trabajo esta relacionado. La tragedia de un político, sustituido con éxito por el otro, reside en la gradual sustitución del narcisismo por un interés con la colectividad y en los proyectos que preconiza. El hombre que solo se interesa en sí mismo no es admirable,  y en eso todo el mundo está de acuerdo. En consecuencia, el hombre a quien solo le preocupa el mundo lo admire, no es probable que consiga su propósito. Pero aunque lo consiguiera, no sería completamente feliz, porque el instinto humano no está nunca completamente centrado sobre sí mismo, y el narcisista se limita artificialmente, lo mismo que el hombre dominado por el sentido del pecado. El hombre primitivo pudo enorgullecerse de ser buen cazador, pero al mismo tiempo le atraía la actividad de la caza. La vanidad, cuando traspone ciertos límites, mata el placer de toda actividad espontánea y conduce fatalmente ala indiferencia y al aburrimiento. Muchas veces su fuerza es la timidez, y se cura con el aumento de la propia estimación. Pero esto solamente puede conseguirse por una actividad afortunada, sugerida por intereses objetivos.

 

El megalómano difiere del narcisista en que prefiere ser poderoso a ser simpático, y procura ser temido más que ser amado. A este tipo pertenecen muchos lunáticos y muchos grandes hombres de la historia. El ansía de poder, como la vanidad, es un elemento importante en la naturaleza humana, y como tal debe aceptársele; se hace deplorable sólo cuando es excesivo o cuando se asocia con un sentido insuficiente de la realidad. Cuando esto ocurre, da lugar al hombre desgraciado, o locoto ambas cosas ala vez. El lunático que se cree rey puede, en cierto sentido, ser feliz, pero ninguna persona normal envidiaría su felicidad. Alejandro, el Magno, pertenecía psicológicamente a este tipo, aunque poseía el talento necesario para realizar el sueño de un lunático. No pudo, sin embargo, realizar su propio sueño, que aumentaba de extensión a medida que lo iba realizando. Cuando fue evidente que era el mayor conquistador que conoció la fama, decidió por sí mismo que era un dios. ¿Fue en hombre feliz? Su embriaguez, su cólera furiosa, su indiferencia  por las mujeres y su aspiración a la divinidad nos hacen sospechar que no. No hay una satisfacción definitiva en el desarrollo de un elemento de la naturaleza humana a expensas de todos los demás ni en considerar el mundo como materia prima para la magnificencia del propio yo. Generalmente, el megalómano es el producto de alguna humillación excesiva. Napoleón, en la academia, sufría sintiéndose inferior a sus compañeros, ricos aristócratas, pero él era un alumno pobre. Cuando permitió la vuelta de los emigrados, tuvo la satisfacción de ver a sus antiguos compañeros de la academia inclinándose ante el. ¡Que felicidad! Más tarde quiso obtener una satisfacción semejante a expensas del zar, y ello lo camino a Santa Elena. Como ningún hombre puede ser omnipotente, una vida dominada completamente por el ansia de poder tiene que enconara necesariamente, más pronto o más tarde, obstáculos invencibles. Solamente alguna forma de locura puede impedir que esta realidad penetre en la conciencia, aunque un hombre poderoso puede aprisionar o mata a quien le diga esto. Las represiones en el sentido político o psicoanalítico se dan de la mano. Y donde quiera que aparezca una manifestación de represión psíquica no puede existir una felicidad genuina. El poder que se mantiene dentro de su propio límite puede ayudar mucho a la felicidad, pero como un fin único de la vida conduce al desastre por dentro y por fuera.

 

Es evidente que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y muy variadas. Pero todas tienen algo en común. El hombre típicamente desgraciado es el que, habiendo sido siendo privado de la juventud de alguna satisfacción normal, ha llegado a evaluar una satisfacción más que otras, y, por lo tanto  ha dado a su vida una dirección única, además, de un énfasis exagerado del éxito sobre las actividades opuestas a él. Hay, sin embargo, un desenvolvimiento ulterior que es muy frecuente en nuestros días. Un hombre pude sentirse tan contrariado que no busque otra satisfacción que la distracción y el olvido. Entonces se convierte en un devoto del placer; es decir, procura hacer llevadera la vida sintiéndose menos vivo. La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que produce es puramente negativa, es una cesación momentánea de la infelicidad. El narcisista y el megalómano creen que la felicidad es posible, aunque adopten procedimientos equivocados para conseguirla; pero el hombre de un modo u otro, no más esperanza que el olvido. En su caso, de lo primero que hay que persuadirlo es que la felicidad es deseable. Los hombres desgraciados, como los hombres que duermen mal, se muestran siempre orgullosos de ellos. Tal vez su orgullo sea como el de la zorra que perdió su cola, y en este caso el remedio esta en indicarles cómo les puede crecer una cola nueva. Yo creo que muy pocos hombres elegirían ser desgraciados si ven una posibilidad de ser felices. No niego que exista esa clase de hombres, pero no son lo suficientemente numerosos como para ansia. Por lo tanto, yo supondré que el lector quiere ser feliz que desgraciado. No sé si yo podré ayudarlo a conseguirlo; pero, al fin de cuentas, el intento no producirá daño alguno.

CAPÍTULO  2

LA DESGRACIA BYRONIANA

 

Es corriente en nuestro tiempo, como lo a sido en muchos otros períodos de la historia del mundo, suponer que las personas más cultivadas han llegado a la conclusión de que nada tiene importancia en esta vida. Quienes creen tal son positivamente desgraciados, pero está orgullosos de su desgracia, que atribuyen ala naturaleza del universo, y consideran que su actitud es única razonable para el hombre culto. El orgullo de infortunio hace que la gente menos complicada sospeche de su sinceridad y crea que quienes se gozan en su desgracia no son desgraciados. Esta expresión es demasiado ingenua; no cabe duda que existe una ligera compensación en el sentido de superioridad y penetración de estos sufridores, pero no es suficiente para compensar la pérdida de placeres más sencillos. Yo, por mi parte, no creo que exista superioridad mental alguna en el hecho de ser desgraciados. El hombre prudente puede ser feliz como las circunstancias lo permitan, y si encuentra en cierto modo desagradable la concentración del mundo, se dedicará a contemplar otras cosas. Esto es lo quiero demostrar en este capitulo. Quiero convencer al lector de por mucho razonamientos que se aduzcan, la razón no se opone ala felicidad, y aún más, estoy persuadido de que quienes atribuyen sinceramente su desgracias a sus ideas acerca del universo, poner el coche delantero del caballo; la verdad es que son desgraciados por alguna razón de la ellos mismos no se dan cuenta, y su desgracias los conduce a fijarse en las características más desgraciadles del mundo en que viven.

 

Para los americanos modernos, el punto de vista que me interesa fue expuesto por el señor Joseph Word Krutch, en un libro titulado The Modern Temper. La generación de nuestros abuelos encontró expresiones similares en lord Byron, y lo mismo puede leerse en el Eclesiastés. Mr. Krutch dice: la muestra es una causa perdida y no hay lugar, para nosotros en el universo natural; sin embargo, no nos debe pesar el ser humanos. Sería preferible que muriéramos como hombres en vez de vivir como animales.

 

Byron dice: el mundo no puede darnos una alegría equivalente ala que quita cuando se extingue el fulgor del pensamiento en el ocaso triste de la emoción.

 

Y el autor del Eclesiastés: Y, por lo tanto, yo ensalce halos muertos y halos vivos, los que no han nacido, los que no han visto la maldad que reina bajo el Sol.

 

Los tres pesimistas llegan a muy tristes conclusiones después de pasar revista a los placeres de la vida. Mister Krutch vivió en los círculos más intelectuales de Nueva York; Byron cruzo el Helesponto y tuvo innumerables aventuras amorosas; el autor del Eclesiatés ensayo los placeres más variados: se dio al vino, oyó música “de todas clases”, construyó estanques, tuvo criados y criadas, “y criados nacidos en su propias casas”. A pesar de las circunstancias la sabiduría no lo abandono. Sin embargo, vio que todo era vanidad, hasta la sabiduría:

 

Y me entregué de todo corazón a la sabiduría, y a la extravagancia, y a la locura. Y comprendí que esto era también vejación del espíritu.

 

Porque en mucha sabiduría hay mucho dolor, y quien aumenta la sabiduría aumenta la tristeza.

 

Parase que su sabiduría le fastidia, y hace esfuerzos inútiles para liberarse de ella:

 

Y dije en mi corazón: “Vamos, ahora te voy a probar don alegría y  el goce de los placeres; y he aquí que también esto es vanidad”.

 

Pero la sabiduría no lo abandono:   

 

Entonces dije en mi corazón: “Lo que le ocurrió al necio me ha ocurrido a mí también”. ¿Por qué era, pues, yo mas sabio? Entonces  dije en mi corazón que también esto es vanidad.

 

Por lo tanto odie ala vida; porque el trabajo que se hace bajo el Sol es doloroso para mí; porque todo es vanidad y vejación del espíritu.

 

Afortunadamente para los literatos, la gente no lee los libros escritos hace mucho tiempo, porque si lo hicieran llegaría ala conclusión de que el hacer nuevos libros es cierta vanidad. Si podemos demostrar que la doctrina del Eclesiastés no es la única accesible para el hombre doctor, no necesitamos prodigar las ultimas expresiones del mismo humor. En esta clase de argumentos debemos distinguir entre el humor y su expresión intelectual. No hay que argumentar con el humor, que puede modificarse por cualquier suceso afortunado o por un cambio de salud, pero que no puede modificarse por razonamientos. Mi experiencia ha reaccionado contra eso de que todo es vanidad, no por deducciones filosóficas, sino por la necesidad hiperactiva de la acción. Si nuestro hijo esta enfermo, es posible que seamos desgraciados, pero no pensaremos que todo es vanidad, pensaremos que la salud de nuestro hijo es un problema que hay que afrontar prescindiéndose de la finalidad de la vida humana. Un hombre rico puede pensar, y en efecto piensa muchas veces, que todo es vanidad; pero si perdiera su fortuna no pensaría que lo que iba a comer era pura vanidad. Esto ocurre por la satisfacción demasiado fácil de las necesidades naturales. El animal humano, como otros animales, está adaptado a una determinada lucha por la vida, y cuando con grandes riquezas el homo sapiens puede satisfacer todos los caprichos sin esfuerzo, y las nuevas ausencias de esfuerzo hace que su vida se renueva un ingrediente esencial de la felicidad. El hombre que adquiere fácilmente cosas por las que siente no más que un deseo moderado, deduce que el logro del deseo no proporcione felicidad. Si tiene aficiones filosóficas deduce que la vida humana es esencialmente miserable puesto que el hombre que consigue todo lo que quiere sigue siendo desgraciado. Olvida que la falta de algunas de las cosas que desea un elemento indispensable de felicidad.

 

Citemos, algunos argumentos intelectuales de Eclesiastés:

 

Los ricos corren hacia el mar y el mar no se llena.

 

No hay nada nuevo bajo el Sol.

 

No existe el recuerdo de las cosas pasadas.

 

Odié todo el trabajo que había hecho bajo el Sol, porque tenía que dejarlo a los hombres que me sucedieran.

 

Si quisiéramos dar a estos pensamientos el estilo de la filosofía moderna, resultaría algo parecido a esto: “El hombre esta en un perpetuo afán y la materia del perpetuo movimiento, pero nada pertenece, aunque lo nuevo que llega no es distinto alo que se fue. El hombre muere, y sus herederos recogen el fruto de su trabajo; los iros van al mar, pero sus aguas no pueden quedarse en él. En un ciclo sin fin y si sentido, hombres y cosas mueren una y otra vez sin perfeccionarse, sin conseguir nada permanente, día tras día, año tras año. Los ríos, si fueran discretos, debería quedarse donde están. Salomón, si fuera sabio, no debería plantar árboles para que su hijo recoja el fruto”.

 

Pero cambiemos la perspectiva. ¿Nada nuevo bajo el Sol? ¿Qué decir entonces los rascacielos, de los aeroplanos o de los discursos políticos que se pasan por la radio? ¿Qué sabia Salomón de estas cosas? Si hubiera podido oír por radio el discurso de la reina de Saba a sus súbditos al volver a sus dominios, ¿no se hubiera consolado entre sus fútiles árboles y estanques? Si hubiera podido tener una agencia de prensa cuyos periódicos le hablases de la belleza arquitectónica de sus palacios, de las comodidades de su harem, del desconcierto de otros sabios al discutir con él, ¿pudiera haber dicho ni hay nada bajo el Sol? Tal vez estas cosas no lo hubieran curado de su pesimismo, pero si hubiera expresado de manera distinta. Precisamente una de las lamentaciones de míster Krutch  con respeto a nuestra época es que hay demasiadas cosas bajo el Sol. Si la ausencia o las presencias de las novedades es igualmente fastidiosa, no sé dónde puede encontrarse la verdadera causa de la desesperación. Interpretemos la frase “todos los ríos van al mar y el mar no se llena”, en el sentido que los ríos tienen que volver al sitio de donde vinieron. Con un criterio pesimista, esto quiere decir que el viaje es desagradable. Sin embargo, la gente va a la playa de verano y vuelve al sitio de donde vino. Ello no significa que sea fútil ir al sitio agradable en verano. Si la aguas tuvieran conciencia de si mismas, probablemente gozarían de este ciclo aventurero, a la manera del poema de Shelley, La Nube. En cuanto al dolor cuanto al dolor de dejar sus vienes a los herederos, es una cuestión que puede afrontarse desde dos puntos de vista: desde el punto de vista del heredero, no cave duda que es el menos catastrófico. Tampoco es cierto de que el hecho de que las cosas mueran sea un motivo de pesimismo. Si las cosas que siguen fueran peores, esta actitud seria razonable, pero si lo que viene después es mejor, debemos ser optimistas. ¿Qué pensaríamos si el porvenir fuera igual al pasado, como sostiene Salomón? ¿No seria entonces el proceso estéril? Enfáticamente no, a menos que las distintas fases del ciclo sean por sí mismas dolorosas. El habito de mirar al futuro y de creer que la vida no tiene otro sentido que el de producir el porvenir es pernicioso. No puede tener valor el todo si no lo tiene cada una de las partes. La vida no puede concebirse como un melodrama en el cual el héroe y la heroína atraviesan dificultades increíbles hasta llegar a un final dichoso. Yo vivo y gozo de mis días; mi hijo me sucede y goza de los suyos, y a él le sucede a su vez su hijo. ¿Por qué hacer esto una tragedia? Por el contrario, si yo viviera eternamente, los goces de la vida acabarían por perder fatalmente su sabor. Siendo como es, la vida conserva perennemente su frescura.

 

Me calenté ambas manos en el fuego de la vida; esto se hunde, y estoy dispuesto para el viaje.

 

Esta actitud es tan completamente razonable como la indignación ante la muerte. Si, por lo demás,  el humor fuera algo razonable, habría las mismas razones para la alegría que pasa la desesperación.

 

El Eclesiastés es trágico; el libro de mister Krutch es patético. El señor Krutch es triste, en definitivamente, porque las ciertas creencias  medievales se han derrumbado, así como algunas de las recién orígenes. En cuanto a esta época desgraciada –dice-, obsesionada por fantasmas de un mundo muerto, y no afianzada aún en si misma, su condición es la del adolescente que no sea acostumbrado a orientarse aún si apoyarse en la mitología, en la que transcurrió su niñez. Esta afirmación es completamente exacta respecto a un cierto tipo de intelectuales, de los que habiendo recibido una educación literaria, no pueden conocer nada del mundo moderno, y que, habiéndose acostumbrado durante su juventud a apoyar sus ideas en la emoción, no pueden desprenderse del infantil deseo de seguridad y protección que no puede ofrecerles el mundo de la ciencia. Míster Krutch, como muchos otros literatos, esta, obsesionado con la idea de que la ciencia no ha cumplido su promesas. No nos dice, naturalmente, cuáles eran las promesas, pero parece creer que hace sesenta años, hombres como Darwin y Huxley esperaban de la ciencia algo que la ciencia no les a dado. Yo creo que esto es una completa ilusión alimentada por algunos escritores y clérigos que no se resignan a que sus profesiones crezcan de importancia. Es cierto que en el mundo actual hay muchos pesimistas. Siempre han sido muchos pesimistas en los momentos de crisis económicas. Es cierto que míster Krutch es americano, y que los ingresos, de una manera general, han aumentado en los Estados Unidos a partir de la guerra; pero en los continentes europeos de las clases intelectuales han sufrido enormemente, además de la sensación de inestabilidad que dio a todos la guerra. Estas razones sociales tienen muchas más relación con el humor de la época que son sus ideas a cerca de la naturaleza del mundo. Pocas épocas ha habido más desesperadas que el siglo XIII, aunque la fe que tanto hecha de menos míster Krutch la profesa casi todo el mundo, exceptuando el emperador y unos pocos nobles italianos. Leamos a Roger Bacon: Porque el peca triunfa en esa época más que en toda época pasada, y el pecado es incomparable con la sabiduría. Veamos el estado del mundo y analicemos por dondequier su condición; veremos una corrupción sin límites, y más que en ninguna parte de la cabeza… La lujuria deshonra a la corte y la glotonería lo enseñorea todo… Y si esto ocurre en la cabeza, ¿qué ocurrirá los miembros? Veamos los prelados, cómo se preocupan de la riqueza y desdeñan el cuidado de las almas… Fijémonos en las órdenes religiosas; no exceptúo a ninguna de lo que dijo. Veamos cuánto han decaído unas y otras de su primitivo estado y las nuevas órdenes (de frailes) que tan horriblemente se han rebajado de su antigua dignidad. Toda la clerecía está entregada al orgullo, a la avaricia y a la lujuria, y dondequiera que se reúnen los clérigos, tanto en París como en el Oxford, escandalizan toda la sociedad con su guerras, sus vicios y sus riñas… Ninguno se preocupa de lo que hace, ni de hacerlo por las buenas o por las malas, con tal de satisfacer su pasión. Hablando de los antiguos paganos, dice: Sus vidas eran incomparablemente mejores que las nuestras en cuanto al decoro y en cuanto al desprecio del mundo con todas sus delicias, riquezas y honores, como puede verse en la obras de Aristóteles, Séneca y Tulio, Avicena, Alfarabio, Platón, Sócrates y otros, y así pudieron llegar al dominio de los secretos de la sabiduría y del conocimiento. La opinión de Roger Bacon era de todos los literatos coetáneos, no la de quien estaba apasionado por la edad en que vivía. Yo no creo que ningún modo que este pensamiento tuviera una causa metafísica, sus causas fueron la guerra, la pobreza y la violencia.

Uno de los capítulos más patéticos de míster Krutch es el que se refiere al amor. En él dice que en la época victoriana se le tobo en alta estimación, pero que nosotros, con nuestra complejidad moderna, hemos llegado a menospreciarlo. Para el victoriano más escéptico, el amor realizaba algo de funciones del dios que habían perdido. Al enfrentarse con él, muchos de los hombres más duros se hacían por el momento más místicos. Se encontraban en presencia de algo que despertaban en ellos el sentido de reverencia que no exigía más y algo de lo que creían desde lo más profundo de su ser, que era debida a una lealtad a toda prueba. Para ellos el amor, como Dios, reclamaba toda clase de sacrificios, pero como Él, asimismo, premiaba al creyente, revistiendo todos los fenómenos de la vida de un sentido que no a sido analizado aún. Nosotros nos hemos acostumbrado más que ellos a un universo divino, pero no nos hemos acostumbrado todavía a un universo sin amor, y únicamente en este caso podemos comprender lo que significa realmente el ateísmo. Es curioso cuán distinta le paréese la época victoriana a un joven de nuestro tiempo, de lo que les parecía a los que vivieron en ella. Yo me acuerdo de dos señoras viejas, ambas de muy representativas de ciertos aspectos en un periódico, a quienes yo conocí en mi juventud. Una era puritana y la otra volteriana. La primera se lamentaba de la enorme cantidad de poesías inspirada en el amor, que, según ella, era un asunto desprovisto de interés. La segunda decía: Nadie puede decir nada contra mi, pero yo digo que no es tan malo faltar al séptimo mandamiento como al sexto, porque ésta requiere siempre del consentimiento de otra persona. Ninguna de estas opiniones corresponde a lo que míster Krutch presenta como típicamente victoriano. Sus ideas proceden, evidentemente, de algunos escritores que no respondían al ambiente de la época. A mi modo de ver, el mejor ejemplo es Robert Browning. No puedo, sin embargo, resistirme a la idea de que hay algo insignificante en su concepción de amor: ¡Gracias a Dios, la más humildes de sus criaturas se jactan de tener dos almas distintas; la una para afrontar el mundo; la otra para mostrársela a la mujer que ama! De aquí se deduce que la lucha es la única actitud posible ante el mundo en conjunto. ¿Por qué? Porque el mundo es cruel, dirá Browning. Porque no acepta tu valoración, diríamos nosotros. Una pareja puede formar, como en el cazo de los Browning, una mutua sociedad adictiva. Es muy agradable tener a la mano alguien que con toda seguridad alabe muestro trabajo, tenga o no tenga valor. Y Browning creyó indudablemente ser un excelente compañero, muy hombre, al acusar Fitzgerald, en términos desmesurados, de no haberse atrevido a mirar a Aurora Leigh. Yo no pudo creer que esta completa suspensión de facultad crítica en ambas partes sea realmente admirable. Hay en ello una mezcla de miedo y deseo de encontrar un refugio contra los fríos ataques de una crítica imparcial. Muchos solterones se acostumbra a sentir la mima satisfacción en su propio hogar. Yo he vivido mucho tiempo en la época victoriana para estar de acuerdo con las ideas modernas de míster Krutch. No he perdido en modo alguno mi fe en el amor, pero el amor en el que yo puedo creer no es el amor que los victorianos admiraban; es un amor audaz y vigilante, que, aunque conoce el bien, no puede olvidar el mal, ni santificar, ni divinizar a nadie. La atribución de esas cualidades al amor que admiraban fue una consecuencia del tabú sexual. El victoriano estaba convencido de que el sexo que merecía era aprobación. Había más cazadores de mujeres que hoy, y por ello se exageraba la importancia del sexo, lo mismo que fue exagerada por los ascéticos. Vivimos actualmente en un periodo de confusión en el que mucha gente ha renunciado a las algunas normas sin sustituirlas por otras nuevas Como, inconscientemente casi siempre, creen el las antiguas normas, sufren perturbaciones de desesperación, de remordimiento o de cinismo. Yo no creo que sea grande el número de personas afectadas por estas inquietudes, pero sí que son las más sobresalientes de nuestra época. Yo creo que, comparando la época victoriana con la nuestra, el término medio de las gentes de hoy es mucho más feliz en el amor y tiene una estimación mucho más exacta de la valía del amor que hace sesenta años. Algunas personas se sienten inclinadas al cinismo, por la tiranía que los antiguos ideales ejercen sobre lo inconsciente, y por la ausencia de una ética racional que regula la conducta de la gente de hoy. El remedio no consiste en lamentarme o añorar el pasado, sino en aceptar más plenamente las ideas modernas y en dedicarse a desarraigar del oscuro lugar que ocupan, ideas ya virtualmente descartadas.

 

No es fácil decir brevemente por que valoramos el amor; sin embargo trataré de hacerlo. Evaluamos el amor, en primer termino (y esto, aunque no de gran valía, es esencial para los demás), por se en si mismo una fuente de placer.

 

¡Oh amor!, ¡como te calumnian!

Dicen que es amargada tu dulzura,

Cuando tus frutos deliciosos

Son los más dulces que existen.

 

El autor anónimo de estos versos no buscaba una solución al ateísmo o la explicación del universo; no pretendía más que divertirse. Y no sólo es el amor una fuente de placer, sino que su ausencia es una fuente de dolor. En segundo lugar, hay que valorar el amor por que acrecienta los mejores placeres, como la música, la salida del sol en las montañas y la luz de la luna sobre el mar. Quien no ha gozado nunca de las cosas bellas en compañía de la persona amada, no sabe hasta donde llega su Mágico poder. Además, el amor rompe la concha durante el ego, puesto que es una forma de cooperación biológica en la que las emociones de uno son necesarias para el logro de los instintivos propósitos de otro. En diversas épocas ha habido en el mundo filósofos solitarios, algunos muy nobles y otros menos responsables. Los estoicos y lo cristianos primitivos creían que un hombre podía realizar el mayor bien de que es capaz la vida humana mediante la voluntad, o por lo menos sin ayuda humana; otros han considerado el poder, y otros el placer meramente personal como finalidades de la vida. Todo ellos son filósofos solitarios, en el sentido que suponen que el bien es realizable individualmente y no en la compañía, pequeñas o grande, de otras personas. Yo creo que estas ideas son equivocadas, no sólo desde el punto de vista teórico, sino como expresiones de la mejor parte de nuestro instinto. El hombre necesita de la cooperación, y ha sido provisto por la naturaleza, no muy educadamente, es cierto, de un aparato instintivo del cual pude surgir la amistad necesaria para la cooperación. El amor es la más usual y la más importante forma emotiva que nos conduce ala cooperación, y los que han sentido el amor con alguna intensidad no pueden estar de acuerdo con una filosofía que supone que hay mayor de los bienes es independiente de la persona amada. En este aspecto, el cariño paternal es más fuerte todavía, pero el cariño paternal es perfecto cuando es una consecuencia del amor entre los padres. Yo no sostengo que el amor, en su más alta expresión, sea corriente; pero sí afirmo que en más alta expresión revela valores que de otro modo permanecerían ocultos, y tiene en sí mismo un valor intangible; aunque los escépticos, que son incapaces de el, atribuyan falsamente su incapacidad a su escepticismo.

 

 

 

El amor es una llama duradera,

Que arde siempre en nuestra mente;

Nunca enferma, nunca se enfría, nunca muere,

Nunca se escapa de sí misma.

 

Veamos ahora lo que mister Krutch dice de la tragedia. Sostiene, y yo estoy de acuerdo con él, que los Fantasmas de Visen es una obra inferior ala del Rey Lear: Con mayor vigor de expresión y con palabra más espléndida, Visen no se hubiese convertido en Shakespeare. Los materiales con que se forjo sus obras –su comprensión de la dignidad humana, su sentido de la importancia de las pasiones, su visión de la amplitud de la vida humana- sencillamente no existían y no podían existir para Ibsen como no existían y no podían existir para sus contemporáneos. Dios, el hombre y la naturaleza han generado un tanto en el transcurso de los siglos, y no por que el credo del arte moderno no inclina hacia las gentes sin importancia, sino porque la pequeñez de la vida humana fue algo que se nos impuso, en virtud del mismo proceso que facilitó el desarrollo de teorías artísticas realistas que pudieran justificar nuestra visión. Es indudablemente el mismo caso de la tragedia antigua, que se ocupa de los príncipes y de las penalidades. Esta tragedia no nos interesa hoy, y cuando nos esforzamos en aplicar las antiguas normas para un individuo sin relieve, el efecto no puede ser el mismo. La razón de ella no es que aya empeorado nuestra comprensión de la vida, sino todo lo contrario. El hecho es que no podemos seguir considerando a determinados individuos como los mejores del mundo, con derecho a las pasiones trágica, mientras el resto de los mortales se afana trabajando por la magnificencia de unos pocos. Shakespeare dice:

 

Cuando mueren los mendigos no aparecen los cometas… Los cielos se inflaman a la muerte de los príncipes.

 

En la época de Shakespeare, esta modo de pensar, aunque no de una manera literal, era compartido casi universalmente y aceptado con la convicción por el propio Shakespeare. Y así, la muerte del poeta Cinna es cómica, mientras que las muertes del Bruto Cesar y Casio son trágicas. La magnificación cósmica de la muerte individual a desaparecido para nosotros por que somos democráticos, no sólo en apariencia exterior, sino en nuestras más íntimas convicciones. La alta tragedia en nuestros días tiene que tener como protagonistas a la sociedad más bien que al individuo. Quisiera poner como ejemplo de lo que digo la obra de Ernst Toller, Massenmench. No diré que esta obra sea tan buena como la mejor de las mejores épocas pasadas, pero sí que es comparable a ellas; es más noble, profunda y actual, de acción heroica y “purificada al lector por medio del terror y la piedad”, como quería Aristóteles. Hay todavía muy pocos modelos de esta tragedia moderna, puesto que las antiguas tradiciones y la antigua técnica han tenido que ser abandonadas sin sustitución posible. Para escribir una tragedia hay que sentir la tragedia; para sentir la tragedia hay que conocer el mundo en que vive, con su mentalidad, con su sangre y sus nervios. Cuando míster Krutch, en algunos pasajes de su libro, habla de la desesperación, nos conmueve con su aceptación heroica de un mundo sin calor; pero la frialdad es debida a que él y muchos literatos nos han sabido sentir antiguas emociones en respuesta a los nuevos estímulos. Los estímulos existen, pero no en los corrillos literarios. Los corrillos literarios no tienen contacto con la vida de la comunidad, y este contacto es preciso si los sentidos humanos han de tener la seriedad y penetración que exigen  tanto la felicidad como la tragedia A todos los hombres de talento que andan diciendo que no tienen nada que hacer en el mundo yo les diría: En vez de esforzarse en escribir, procura no escribir. Recorre el mundo, hazte pirata, el rey de Borneo o trabajador en la Rusia Soviética; lleva una vida en la cual ocupe la mayor parte de las energías la satisfacción de las necesidades físicas elementales. No recomiendo esta clase de acción a todo el mundo, sino solamente a quienes sufren  de la enfermedad que diagnostica míster Krutch. Y creo que después de algunos años de esta nueva vida, el ex intelectual descubrirá que, a pesar de sus esfuerzos, no puede seguir sin escribir, y cuando ese momento llegue, ya no le parecerá fútil lo que escribía.

 

 

CAPITULO III

COMPETENCIA

 

Si preguntamos a un hombre de negocios de los Estados Unidos o de Inglaterra, qué es lo que pone más obstáculos a su felicidad, contestará: “La lucha por la vida”. Lo dirá con toda sinceridad, porque así lo cree. Y en cierto aspecto es verdad; pero en otro lado muy importante es profundamente falso. La lucha por la vida es algo que existe naturalmente. Existe cuando cualquiera de nosotros se siente desgraciado. Existió, por ejemplo, para Falk, el héroe de Conrad, que en un barco abandonado era uno de los dos hombres con armas de fuego, entre una multitud que no tenía otra alternativa que comerse unos a los otros. Cuando los dos hombres acabaron con los alimentos en que pudieron estar de acuerdo, comenzó una verdadera lucha por la vida. Falk ganó, pero después fue siempre vegetariano. Pero no es todo lo que quiere decir el hombre de negocios al hablar de “la lucha por la vida”. Es una frase incorrecta, que se a elegido para dignificar algo esencialmente trivial. Preguntémosle cuántos hombres de su clase han muerto de hambre. Preguntémosle qué fue de sus amigos, después que arruinaron. Todo el mundo sabe que un hombre de negocios arruinado tiene muchas más comodidades materiales que quien no ha sido nunca lo suficientemente rico como para poder exponerse ala ruina. Lo que la gente entiende, pues, al hablar de la lucha por la vida es en realidad la lucha por el éxito. Lo que se teme al entrar en la lucha no es que falte el desayuno ala mañana siguiente, sino el que ni se consiga deslumbrar a los vecinos.

 

Es extraño cuán pocos hombres parecen darse cuenta de que no están cogidos en el engranaje de un mecanismo del que no pueden escapar, sin darse cuenta en el tráfago en que viven, de que no pueden seguir adelante. Hablo, desde luego, de los grandes negociantes, de los hombres que tienen grandes ingresos, y podrían, si quisieran, vivir con lo que tienen. Pero el hacerlo así les parece tan vergonzoso como desertar del ejército frente al enemigo, aunque si se les pregunta qué utilidad pública tiene su trabajo, se verán en apuros para contestar con otra cosa que soltando vulgaridades acerca de la vida activa.

 

Veamos la vida de estos hombres. Tienen, probablemente, una casa, una mujer y unos niños encantadores. Se levantan por la mañana medio dormidos y se van muy de prisa a su oficina. Allí hay que exhibir las cualidades de un gran hombre de acción: una expresión enérgica, una manera de hablar decidida, un aire de sagaz reserva, estudiando para impresionar a todos menos al recadero de la oficina. Dicta cartas, habla con diversas personas importantes por teléfono, estudia el mercado y almuerza con alguien con quien tiene o espera tener un negocio. Por la tarde hace cosas paresitas. A la hora de cenar, él y unos cuantos hombres, cansados, tienen que pretender gozar de la compañía de señoras que no han tenido ocasión de cansarse todavía. Es imposible predecir las horas que necesita el pobre hombre para liberarse de esto. Por fin, se duerme, y la tensión cede durante unas horas.

 

La vida de trabajo de estos hombres tiene la psicología de una carrera de cien yardas; pero como la carrera en que toma parte tiene único fin la tumba, la concentración que está bien para cien yardas, resulta a fin de cuentas excesiva. ¿Qué saben ellos de sus hijos? Durante los días de la semana no salen de la oficina; los domingos están en los campos de golf. ¿Que saben de sus mujeres? Cuando las dejan por las mañanas están dormidas. Durante la noche tienen obligaciones sociales que impide toda conversación íntima. Probablemente no tienen amigos que les interesen, aun cuando con algunos de ellos afectan una amabilidad que están lejos de sentir. La primavera y las cosechas sólo las conocen en cuanto afectan el mercado; probablemente han visto países extranjeros, pero con un enorme aburrimiento. Los libros les parecen fútiles, la música es cosa de pedantes. Cada año se encuentran más solos, su atención se reconcentra y la vida fuera de los negocios tiene cada vez menos sentidos. Yo he visto en Europa un americano de este tipo, de edad más que madura, con su mujer y con sus hijas. Evidentemente había convencido al pobre hombre de que ya era hora de que se tomara unas vacaciones y de que diera a sus hijas la oportunidad de ver el viejo mundo. La madre y las hijas lo rodeaban en éxtasis y le llamaban la atención sobre todo lo que parecía característico. El páter familiar, completamente cansado y aburrido, pensaba probablemente en lo que estaría ocurriendo en la oficina o en los partidos de béisbol. Las mujeres, por fin, lo dejaron en paz, conviniendo en que los hombres son unos filisteos. Probablemente no se les ocurría que él era una víctima de su voracidad, probablemente estaba en lo cierto, pues tampoco la viuda india, inmolada en la tumba de su marido, no es lo que nos parece a los europeos. Probablemente en nueve casos de cada diez la viuda era una victima propicia, dispuesta a ser quemada por amor a la gloria y porque así lo ordenaba su religión. La religión y la gloria del hombre de negocios que exigen que haga mucho dinero y, por lo tanto, sufre el tormento gozosamente, como la vida de hindú. Si el hombre de negocios americano quiere ser más feliz, debe comenzar por cambiar de religión. Mientras no solo desee el éxito, sino que este persuadido de todo corazón de que el deber del hombre es la persecución del éxito, y de quien no lo consiga es un infeliz, su vida será demasiado ansiosa y concentrada para ser dichoso. Fijémonos en algo tan sencillo como la inversión de fondos. Casi todos los americanos preferirán cobrar el ocho por ciento en una operación arriesgada, al cuatro por ciento en una operación segura. La consecuencia es que hay continuas pérdidas de dinero, y continua irritación y malestar por mi parte, lo que yo quisiera obtener del dinero es sosiego y seguridad; pero lo que el hombre típicamente moderno desea es ganar más dinero con vista a la ostentación, al esplendor, al deslumbramiento de los que han sido sus iguales. La escala social en los Estados Unidos es indefinida y sujeta a constante frustración. Por ello todas las emociones del esnobismo son más inquietas que en los países donde el orden social es fijo, y aunque el dinero en sí no vasta para ser grande a un pueblo, es difícil ser grande sin dinero. Además, el dinero que se gana es la medida aceptada del talento. Nadie quiere pasar por necio. Por tanto, cuando hay nerviosismo en el mercado, los hombres se parecen a los jóvenes que se están examinando. Yo creo que en un miedo positivo, aunque irrazonable, a las consecuencias de la rutina, intervienen en las inquietudes del hombre de negocios. Clayhanger, el personaje de Arnold Bennet, cuando más rico se hacía tenía más miedo de morir en el asilo. Yo no dudo de quien a sufrido una pobreta extrema en su niñez siente el terror de que sus hijos pasen por transe parecido, y les parece posible amontonar millones que sirvan de dique a la catástrofe. Tales miedos son quizá inevitables en la primera generación; pero no es tan probable que aflijan a los que no han sido muy pobres. De todos modos son un factor pequeño y excepcional en el problema.

 

 La raíz del mal está en la importancia de que se concede al éxito en la competencia como la mayor fuerte de felicidad. Yo no niego que la consecución del éxito facilite el goce de una vida. Un pintor, por ejemplo, que durante su juventud ha sido desconocido, es probable que sea más feliz al conquistar la fama. Tampoco niego que el dinero, hasta cierto punto, sea muy capas de aumentar la felicidad; más allá de cierto punto, no lo creo así. Lo que sí afirmo es que el éxito no es más que un ingrediente de la felicidad, y que se compra demasiado caro si todos los demás se sacrificaran por conseguirlo. La fuente de esto es la filosofía predominante en los centros de negocios. En Europa es cierto que hay otros círculos que gozan de prestigio. En algunos países es la aristocracia, en otros las profesiones liberales, y con excepción de los países pequeños, son respetados el ejército y la marina. Aunque es cierto que en toda profesión existe un elemento de competencia, no lo es menos que lo que se respeta no es precisamente el éxito sino  las cualidades a las que sea debido el éxito. Un hombre a ciencia puede hacerlo o no hacer dinero. No es sorprendente que un gran almirante o un general sean pobres; la pobreza, en tales circunstancias es, en cierto sentido, un honor. Por estas razones, la lucha en competencias puramente monetaria está confinada a ciertos círculos, y tal vez no sean lo más influyentes ni respetados. En América ya es otra cosa. Los servicios naval y militar significan poco en la vida nacional para que sus normas tengan influencia. En cuanto a las profesiones liberales, es difícil que un profano sepa con exactitud sí un medico sabe mucha medicina, o si un abogado sabe mucho de leyes, en consecuencia, es más sencillo juzgar sus meritos por los ingresos que se suponen al observar su plan de vida. En cuanto a los profesores, son criados que alquilar los hombres de negocios, y como tales tienen menor prestigio que en los países viejos. La consecuencia de todo esto es que en los Estados Unidos el hombre profesional imita al hombre de negocios, y no constituye, como en Europa, una categoría aparte. En las clases bajas no hay, por lo tanto, nada que mitigue la lucha, abierta y franca, por el éxito financiero.

 

Los niños americanos comprenden muy pronto que esto es lo único que cuenta y no se preocupan de la educación que no tenga posibilidades pecuniarias. La educación solía concebirse con un perfeccionamiento de la capacidad de goces, entendiendo por goces los más delicados, que no eran asequibles a la gente sin cultura. En el siglo XVIII, una de las características del gentleman ara el poder gustar y entender de literatura, música y pintura. Hoy podemos no estar de acuerdo con sus gustos, pero no cabe duda de que eran sinceros. El hombre rico de hoy aspira a ser un tipo totalmente distinto. No lee. Si quiere tener una colección de cuadros, que aumentan su fama, se deja guiar por los técnicos en su elección; el placer que le producen no es el de mirarlos, sino el de impedir que otros ricos lo posean. En cuanto a la música, es posible que la entienda si es judío; si no, tendrá de ella el mismo desconocimiento que de las demás artes. El resultado de esto es que no sabe qué hacer de su ocio. Cuando más dinero tiene, más fácil le es seguir enriqueciéndose, hasta que llega un momento en el que gane en cinco minutos más de lo que pueda ganar en todo el día. Como consecuencia de su éxito, el pobre hombre se entrega a la disipación. Y ello es inevitable mientras sea el éxito la finalidad única de vida. Amenos que se enseñe al hombre qué es lo que tiene que hacer con éxito después de conseguirlo. Su consecución lo llevara inevitablemente al aburrimiento.

 

El hábito mental de competencia invade pronto otras regiones que no pertenecen. Fijémonos en la afición a la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: primero, porque es un placer, segundo, porque se puede hacer ostentación de haberlo leído.

 

 

En construcción...